Entre la zona 3 y Zurich.

Después de vivir 10 años en la «perfecta» Alemania, viajar se convierte en un ejercicio de comparación en el que la «perfecta» Alemania sale bien parada: infraestructuras, seguridad, orden, servicios de información… Excepto en la parte de la comida, el clima y servicio de trenes.

Viajar a Suiza, sin embargo, me hizo sentir un poco como la campesina que va por primera vez a la ciudad. Después de todo, ¿no es Suiza el epítome del desarrollo y la civilización? ¿No es «hecho en Suiza» sinónimo de calidad y prestigio? Navajas suizas, guardia suiza, chocolate suizo, referéndum por aquí, referéndum por allá, un modelo de bienestar y tradición. Pocos países pueden competir por ser el modelo a seguir en occidente. Tal vez los países escandinavos.

Pero en medio de tanto bienestar, en un desayuno que no pretendía ser más que un acto de amabilidad, salió a luz la injusticia, la precariedad y el sufrimiento. Incluso en el epicentro de la ejemplaridad hay gente que sufre, que es despojada de su dignidad. Incluso en el eslabón más alto de esta cadena alimenticia hay quienes se cuelan entre las grietas de un sistema que aunque bastante igualitario, no puede evitar ser excluyente, de generosidad limitada. Todo sistema humano es excluyente, no puede evitarlo. Siempre habrá algunos que se cuelen entre las grietas. Siempre hay quienes no llegan a disfrutar las bondades de la tierra.

En la zona 3 y en Zurich hay gente invisible. En ambos hay gente con hambre y sed de justicia. Entre la zona 3 y Zurich el Reino de los Cielos se abre paso. En la zona 3 y Zurich el socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.

Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

*zona 3 de la ciudad de Guatemala, un agujero (literal) donde vive gente en condiciones infrahumanas. Pero donde vive gente hermosa, generosa y muy digna a pesar de todo.

Caracoles

Y Dios me dio caracoles, no buen samaritano a la vista, sólo caracoles bebé.
Me caí sobre mi rodilla izquierda hace un par de días. La palma de mis manos está intacta, mis leotardos intactos, la piel de mi rodilla desapareció… Desde entonces cojeo. No me gusta quedarme sentada mientras doy una clase, pero ayer no tuve opción. Después de la clase decidí parar a buscar vendas y comida, ¡lo que no sabía es que el transporte público estaba en huelga! Tuve que caminar 1,5 km cuesta arriba desde la estación de tren hasta mi casa. Esperaba que si un conductor me veía cojeando, se ofreciera a llevarme (pero mamá me dijo que subiera al auto con desconocidos…), un buen samaritano. Pero no sucedió, como en julio, cuando nadie apareció. Intento estar ahí para mi gente, pero aparentemente nadie está ahí para mí. Otra vez sola. Nuevamente me quedé caminando lentamente, teniendo mucho tiempo para admirar como luce el otoño en los jardines de las casas del camino. Entonces vi al pequeño ejército de pequeños caracoles. Una vez que ves uno encuentras el resto. Todo el camino hacia arriba, moviéndose lentamente… como yo. Estuve tentada de hacer mi propia fiesta de la autocompasión, pero estos pequeños me recordaron que la lentitud no es mala, es natural y necesaria.

Tuve tiempo para pensar que le pido a Dios que mande personas cuando necesito ayuda. Una especie de secretario galáctico que me contacta y hace pasar a las personas que necesito cuando las necesito… en lugar de ser ese amigo que te dice: no tengo auto pero voy a caminar contigo, y si tienes que parar a descansar, hacemos una pausa. No tengo prisa. El Dios que camina conmigo, y con los caracoles.

Tan diferentes, tan iguales, tan festivos. Un día en una feria alemana.

Leí hace tiempo que se necesitan 8 años  para entender una cultura. 8 años desde el momento en que hablas el idioma de la cultura que quieres entender. Llevo 10 años aferrándome a esa premisa.

Aún no sé cuándo se «debe» llevar tarta a la oficina, qué aspectos de la vida son privados y que cuáles son atañen lo profesional. Me he acostumbrado al contacto visual indirecto, y ese afán de no entrometerse en la vida privada de los demás… lo echo de menos cuando estoy lejos. No sé cuando un conocido se convierte en amigo. Sé que la ayuda no se ofrece, se pide, entonces se obtiene. Pero me faltaba un aspecto de la cultura nativa por ver, el festivo sin filtros. 

Ordenados en mesas numeradas, con horario para empezar y para terminar, emocionados ante la expectativa de pronto tener licencia para «bailar» sobre los bancos en los que están sentados, verse a los ojos y hablar con extraños sin sentirse mal por ello. Una combinación de música entre lo muy local y grandes éxitos internacionales de los 70 a los 90. Tal vez las expresiones festivas de cada cultura se convierten en su cliché, ya sea en pantalones de cuero o con guayavera, al final todos necesitamos celebrar algo, vernos a los ojos y conectar con otros. Al final no somos tan diferentes.  Al final siempre hay música para el alma, comida para el cuerpo y alcohol para el dolor, la soledad y la desesperación. No somos tan diferentes. 

El festival popular, resulta ser popular. Imposible distinguir (a ojo extranjero) quién es quien. Jefe o empleado, empresario o repartidor. Pantalones de cuero y camisas a cuadros, vestidos con encajes y lazos de colores, tan similares entre ellos, ¿una ilusión en una cultura que aspira a la igualdad? Lo cierto que es comparten códigos, eso que todos saben pero no se puede explicar con palabras, saben qué y cuándo cantar, qué y cuándo responder y brindar al unísono. Es todo eso que transmite de una generación a otra sin palabras: lo que es honorable y lo vergonzoso, lo que es aceptable y lo que no, las reglas y sus excepciones. Tan similares entre ellos. Entender por qué lo hacen tal vez me tomará otros 8 años. Tal vez para ellos yo sea igual de incomprensible, pero no somos tan diferentes.

Pero que la música, sea cuál sea, que no falte.

Sabiduría de Basilis

¿Cuál es la probabilidad de que una charla entre dos extraños, mujer y hombre, empiece con lo típico (¿de dónde eres?) Y termine con las diferencias culturales y generacionales y sus consecuencias a corto plazo? Con Basilis, es posible.

43 años. Casado con una chica rusa muy guapa y dulce. Trabaja para la clase acomodada de su ciudad. Decepcionado de la superficialidad de sus colegas masculinos. Le horroriza que su hija llegue a mandar los mensajes eróticos que el recibe de chicas de 16 años que por 10 euros mandan fotos comprometedoras o por 25 hacen un trío. Y no es que la prostitución sea nueva en Grecia, es la razón por la que lo hacen: el nuevo iPhone. Por supuesto ellas se ven a sí mismas como chicas normales.

Habíamos visto la prostitución religiosa, por necesidad, por placer y ahora esta pseudo necesidad. Ya no es vender un cuerpo para comer y alimentar a una familia, vender un cuerpo para alimentar el ego en las redes sociales. ¡Ay si el apóstol Pablo levantara la cabeza!

Y los chicos con los que trabaja, 22 años y teniendo un buen auto y una chica de buen trasero, creen que están en el Monte Olimpo. Sin planes de futuro, sin motivación para crecer.

Si Basilis fuera religioso probablemente diría que Instagram es del diablo (y se lo dijo a la que maneja 3 cuentas de Instagram) . Si Basilis fuera religioso también podría haber dicho que se acerca el juicio final porque a su juicio las mujeres son la sal de la tierra, y han perdido su sabor. Las mujeres maduran antes que los hombres, los hombres nunca maduran (según él, y algunos otros). Las mujeres son una especiede ancla (si es algo natural o más bien una espectativa cultural, no lo sé), dándole a sus hombres el equilibrio que necesitan, pero si las mujeres pierden su estabilidad la sociedad queda a la deriva.

Cuando la sal de la tierra está ocupada admirándose frente al espejo de la realidad virtual, cuando a la sal de la tierra sólo se le pide tener un buen auto, cuando alquilar un cuerpo es más barato y fácil que nunca, la sociedad queda a la deriva.

Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?

Inmigrante de largo recorrido

Hace 10 años tomé una decisión arriesgada, medio suicida. Llevaba años orando por un cambio, intentando que las cosas funcionaran aquí y allá, pero nada. No se abría ninguna puerta. Lo que debió ser un año de espera terminaron siendo 8 en los que al final de cuentas terminé un postgrado, con el plus de descubrir que me gustaba la enseñanza. No fueron 8 años perdidos, solo fueron 8 años de entrenamiento en la sombra. Alemania no era la respuesta a mis oraciones, pero era una respuesta, y sabía que no tomar esa opción me iba a salir muy caro. No puedo ni quiero vivir con remordimientos por mi falta que coraje.

Cuando tenía unos 10 años, en un recital de piano de final de año entré en pánico: no encontraba el «do central». Después de lo que para mí fueron minutos, seguramente sólo unos segundos, de infructuosa observación al teclado de ese piano de cola, decidí cerrar los ojos, levantar las manos y allí donde aterrizaran mis manos empezaría a tocar. Curiosamente mis manos cayeron en el «do central». A ese cerrar los ojos y dejarme llevar yo lo llamo mi momento «recital». De pie en la habitación de mis padres, al teléfono una tarde de junio, cerré los ojos y dije «está bien, llego a Frankfurt en agosto». Y como «dijo» Julio César «alea iacta est» (la suerte está echada), o como dicen en Andalucía, que sea lo que Dios quiera.

Y Dios quiso. Al día siguiente de haber llegado me regalaron toallas y sábanas. Para mí no fue nada extraordinario, pero para mí madre fue casi una epifanía, la señal de que Dios iba delante abriendo caminos. Alemania me ha enseñado que puede ser la tierra que fluye leche y miel, pero también me ha enseñado los dientes, oh sí! Alemania no regala nada (n a d a) pero premia el esfuerzo. Y en trabajo duro sin rechistar, nadie le gana a los niños tercermundistas. Aprendí a comer una vez al día y a comer sushi, a vivir en un sótano y a tener jardín. A armar muebles de Ikea y pintar paredes y a tener secretarios.

El invierno pinta frío, pero será lo que Dios quiera.

Gustad y ved, qué bueno es Jehová, dichoso el que confía en él.

Placebo para ‘vístimas’

De vez en cuando escucho unos audios que buscan dar consuelo a los de corazón quebrantado. Algunos de ellos han siso francamente alentadores pero otros… no sé que pensar.

Cuando alguien me dice lo que ellos piensan que yo quiero oír es cuando se disparan todas mis alarmas. Lo reconozco, no me tomo muy buen los cumplidos si vienen de extraños. Que me digan que Dios me va a dar todo lo que quiero, y que solo tengo que dejar ir al pasado es una frase condicional tan simple que no puedo sino dudar de ella. No hay requisitos, solo un Dios tipo Papá Noel que quiere verme sonreír. Gratificación inmediata, como darle un teléfono a un niño para que deje de llorar.

Es como si no nos mereciéramos el sufrimiento, porque fuimos hechos para finales de cuentos de hadas. Como si se pudiera separar el dolor de la experiencia humana. Como si mereciéramos todo bueno del mundo como premio por nuestra fe diminuta. Y no digo que me encanten los problemas, pero una vida sin problemas no existe, como tampoco existe ese Dios débil que me quieren vender por ahí.

Hace un par días escuche la charla de Jen Wilking sobre por qué la Biblia no ha arreglado mis problemas de autoestima. Genial, simplemente. En lugar de buscar versículos en la Biblia que le recuerden al Padre que somos preciosos en sus ojos, ella aboga por cambiar el enfoque, no se trata de que yo me sienta bien, la Biblia trata sobre Dios. A estas alturas del partido me conozco, y si miro hacia adentro solo veo un vacío oscuro y frío, pero si miro al Dios de Génesis 1 al 3 veo ingenio, texturas, música, luz y calor. Si miro dentro de mí hay tristeza y desesperanza, el Dios de la Biblia hace que sienta admiración y lo quiera invitar a un café (pero mejor mañana, porque hoy no tengo pan dulce, y solo café así queda muy feo)

Al verlo a él, me alegro de que no se trate de mí.

Lo de «vístima» no es error de dedo, tal vez debería recomendar buscar en Google «se está haciendo la vístima» pero no es importante, solo me pareció una referencia simpática a la cultura popular latinoamericana.

El unicornio de los millenials.

Crecimos escuchando que somos especiales, que nos merecemos todo, que podemos tenerlo todo, que nunca ha habido una generación con tantas oportunidades como la nuestra, que el futuro era nuestro y que cambiaríamos el mundo.

Pensamos que íbamos a tener el final feliz de las series que veíamos en televisión. Pensamos que un título universitario era garantía de trabajo estable y seguro. Pensamos que lo que les funcionó a nuestros padres nos funcionaría a nosotros también. Metas boomer con recursos millenial. Pero no.

La meritocracia no pudo contra la precariedad laboral. Las crisis de cada país alejaron poco a poco el espejismo de estabilidad y seguridad que creímos ver en nuestros padres. La globalizacion se llevó puestos de trabajo a países donde la mano de obra fuera más barata. Nos dimos cuenta de que somos reemplazables.

Llegaron las redes sociales y compramos el cuento de que es posible tener una vida perfecta y digna de publicar. Otros, quienes quiera que sean, pero no nosotros. Y en ese esfuerzo por mantenernos a flote, nos quemamos. Nos cansamos de perseguir al unicornio. Nos cansamos de demostrar que somos la generación mejor preparada de la historia de nuestros países, pero que igual no llegamos a fin de mes. Y del cansancio a la terapia y de la terapia a la resignación. Hasta que un día un golpe de suerte resucita al unicornio y vuelta a empezar.

23.08 actualización. Re escuchando una charla del médico/neurocientífico Facundo Manes, me llamó la atención la siguiente siguiente idea: la meritocracia no funciona porque no la igualdad no existe. La meritocracia tendría sentido si todos tuviéramos las mismas oportunidades. Lo que tiene sentido para mí, pero me me deja la duda: ¿la igualdad objetiva es posible? Todos los las mismas capacidades, las mismas oportunidades y la misma motivación… en definitiva, un unicornio.

https://cadenaser.com/nacional/2022/06/19/el-trabajo-es-como-un-mal-amor-ni-te-dignifica-ni-te-da-la-vida-que-creias-que-ibas-a-tener-retrato-de-los-millennials-quemados-y-atrapados-entre-la-precariedad-y-la-expectativa-cadena-ser/

Terapia para haters.

Roberto Bolaño decía que escribir es un ejercicio de masoquismo (1). Bolaño evidentemente no se refería a escribir/esparcir opiniones por las redes sociales. El proceso de escritura, según dicen los que saben de esto, tiene su dosis de infierno, es una convivencia forzosa con la autocrítica, tus miedos e inseguridades, las exigencias de la editorial y las expectativas de tus lectores. Por cada frase que escriben se descartan tres. Un infierno. Por no hablar del famoso bloqueo del escritor. Pero por supuesto, aquellos que comparten sus opiniones con tanto ímpetu (que no dejan de ser eso, sus opiniones, suyas de ellos), no sufren nada de esto. Es más, parece que para ellos es más una necesidad, casi como algo liberador. ¡Qué suerte tienen algunos!

El fin de semana, por primera vez en mucho me tomé un fin de semana para mí, para aprender algo nuevo que no está relacionado con mi trabajo. Tomé un curso de Hand Lettering. No puedo evitarlo, me gusta la simetría, las letras curvadas, gruesas por un lado, más delgaditas por otro, me gusta su aspecto delicado… Lo que por supuesto se no sabía es el proceso de pensar y visualizar el movimiento de la mano antes de empezar a escribir. Casi 4 horas después, porque se empieza dibujando circulitos y palitos, por fin empezamos con las letras. Y al final del primer día por fin pude escribir mi nombre. Me sentía como una niña en la escuela. Qué orgullosa me sentí. Qué básica soy.

Hay que pensar como unir las letras de cada palabra. Cada letra. Una por una. Así que, o escoges bien tus palabras o te pasas un día entero con una frase. Hay que practicar antes de escribir. Hay que poner atención a la velocidad de la pluma, saber donde hacer pausas, dónde ejercer presión y dónde soltar. Conviene tener buena ortografía, si no… Dicen que con el tiempo se vuelve un ejercicio automático, pero ese día está lejano para mí. Pensé en lo fácil que es ahora escribir, con dos pulgares basta, y si te equivocas, borras, no hay que tirar todo el manuscrito. No gastas papel. No gastas tinta. Es «gratis». Es fácil.

Instagram nos hace creer que somos fotógrafos, sus maravillosos filtros son a prueba de tontos. Tweeter sugiere que tenemos algo que decir, solo hace falta un poco de pasión, y como decían los antiguos, saber juntar las letras. Pero si comentar o compartir algo fuera tan trabajoso como el Hand Lettering, más de uno lo pensaría. Pocos los harían, estoy segura.

Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar o escribir y tardo para airarse.

(1) La ventana de los libros, Cadena Ser. 13.06.2022.

Este post fue incubado 4 días. Un infierno.

Padres que se van, pero siempre se quedan.

Esta semana algunos padres han dejado este mundo. Después de años de dolor han dejado de sufrir. Hombres con la mirada en lo eterno, hombres que vivieron esperando conocer a su creador mientras vivían con audacia, sin miedo. Mi padre pudo haber engrosado la lista de los que se fueron, pero no.

Esta semana algunos padres siguen secuestrados. Padres que rogaron para no compartir cautiverio con sus hijas, y Dios los escuchó. Padres de ideas fijas, que no contemplan la retirada. Padres que asumen las consecuencias de sus decisiones porque saben que el galardón es mayor que su sufrimiento.

Esta semana algunos padres siguen en el hospital, alejados de todo lo que usaban para comunicar su mensaje, como esperando el veredicto final: buen siervo fiel, entra en el gozo de tu Señor.

Esta semana algunos padres tuvieron una segunda oportunidad. Contra todo pronóstico siguen aquí. ¿Porque son mejores que los anteriores? No. El por qué no lo sé, el para qué sí. Para que sigan viviendo en la tierra con la mirada en lo eterno.

¿Y qué pasa cuando un padre de estos se va? Se convierte en patrimonio inmaterial de los que recuerdan su nombre. Y cuando su nombre desaparece se convierten en patrimonio inmaterial de su sociedad. ¿Y que pasa con los que no dejan tras sí bendición? Son como el tamo que arrebata el viento.

A los que les toque hoy, feliz día del padre.

Las conclusiones de los jueves: el filtro.

Uno de los efectos colaterales de «facilitar» un grupo de estudio bíblico compuesto por entes pensantes diametralmente opuestos a mi círculo natural, es que tienes que replantearte algunas cosas. ¿Y si no todos comparten mi línea de interpretación? O lo que es «peor» ¿y si ellos tienen argumentos válidos que apoyen otro punto de vista? Por ejemplo hablando sobre los dones espirituales, las palabras de sabiduría (1 Corintios 12). ¿son un don permanente o puede ser intermitente o incluso temporal? Si es algo permanente, ¿una persona hablará siempre con sabiduría independientemente de su estado físico, emocional y espiritual?

A todo esto se suma el «problema» del amor (1 Corintios 13). Esas palabras de sabiduría ¿han pasado el filtro de paciencia, amabilidad, libre de envidia, jactancia y orgullo; busca la honra de la otra persona, no son palabras egoístas, ni nacen de un enojo o de una lista de resentimiento, son palabras que se complacen en el bienestar y la verdad, buscan proteger al otro, están llenas de esperanza y perseverancia?

Cap. 12 es el Espíritu Santo quien equipa a las personas para edificar la iglesia. Un solo Espíritu que capacita a muchas personas para muchas tareas diferentes pero extremadamente importantes. Conclusión: nos necesitamos unos a otros.
Cap. 13. Los dones son geniales PERO lo que los creyentes deben dominar es el amor. Sin amor los dones son excusas para aparentar.

El amor es paciente, el amor es amable. No tiene envidia, no se jacta, no es orgulloso. No deshonra a los demás, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda registro de los agravios. El amor no se complace en el mal, sino que se alegra con la verdad. Siempre protege, siempre confía, siempre espera, siempre persevera.
El amor nunca falla.

Nuestra verdadera motivación para hacer lo que hacemos marca la diferencia en el resultado: bendecir, edificar a otros o hacer un ruido desagradable (v.1)
Conclusión: solo el amor logra resultados óptimos.