Cuando los monstruos se convierten en GIGANTES (miedo en la tercera edad)

Envejecer es (lastimosamente) inevitable.  Me gustaría saber que seré tal como soy ahora hasta el día que muera.  Pero en este mundo caído donde las cosas se rompen, los recursos se acaban y las enfermedades y la maldad existen, no puedo pretender que la fuerza me acompañe hasta el final.  Mis padres están en ese proceso, y debo confesar que me preocupa verlos en su agitado ritmo de vida como si tuvieran 40 años.  A veces pienso que no son conscientes de sus limitaciones y de que esas limitaciones crecerán con el tiempo, o tal vez sí son conscientes y yo soy la mamá gallina sobreprotectora. Pero después de todo raras son las personas que se toman un tiempo para prepararse para la próxima etapa.  Tal vez haya personas que no necesiten ese tiempo de transición, pero creo que al empezar una nueva etapa, a mí me gustaría tener un tiempo para prepararme lo mejor que pueda, sabiendo que nadie está completamente preparado para las nuevas etapas de la vida.

Con la vejez se pierden habilidades, nace y crece la frustración por las habilidades perdidas, crecen las limitaciones físicas, y reaparecen los viejos temores de infancia.  Hablando con mi abuela, me contó que tiene miedo de volver a caminar porque últimamente se ha caído dos veces.  Si los niños que están aprendiendo a caminar pensaran lo mismo… estaríamos todos tirados en el suelo. Supongo que la razón por la que no nos acordamos de esos años cuando nuestros fracasos eran más que nuestros logros, es para no desanimarnos.  Pero el arte de mantener el equilibrio nos tomó varias semanas, el arte de caer sentados y usar los brazos para ayudar a levantarnos fue todo un descubrimiento en su día.  Mi abuela tiene miedo de volver a caminar (aún cuando el médico le dijo que sí podía hacerlo), miedo me da a mí la sola idea de criar 7 hijos ¡sola!, como lo hizo ella.

¿Miedo? no gracias.  ¿Adaptación? mucho mejor.  Y tengo dos buenas razones para optar por la adaptación en lugar del miedo.  La primera tiene que ver con la naturaleza misma de la adaptación.  Al contrario de lo que el señor Darwin pensaba, la adaptación en los seres humanos es una decisión.  Al igual que ser felices, perdonar, o ser generosos, adaptarse a las situaciones según vengan es una decisión.  Si quejarse es una decisión, también lo es buscar el contentamiento en los lugares más inhóspitos.  La segunda razón tiene que ver con la naturaleza del Padre Celestial.  Confiamos en su mano protectora, no porque lo merezcamos, sino porque es parte de su naturaleza. ¿Qué padre ve a su hijo sufrir y no le ayuda?  Además sus recursos son ilimitados, incluyen personas pacientes y dispuestas a ayudar, provisión material, un rayo de sol en pleno invierno, la risa de dos niños jugando, la música, pasteles, etc.  Todo esto es un recordatorio de que nuestro Hacedor, que no envejece, sabe que nosotros sí, y a su tiempo provee lo que necesitamos hasta que, listos y libres de temor nos tomemos un cafecito en las moradas celestiales.

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