Miss Peggy, la historia de una refugiada

En el ejercicio de dar clases, he aprendido que puedo simultáneamente aprender de mis alumnos.  Cada uno, con sus peculiaridades, su experiencia y su inteligencia me reta a ver el mundo desde su perspectiva.  Los de estructuras rígidas ponen a prueba mi paciencia.  Ellos son los que quieren comprender cada palabra y la traducción exacta de cada palabra.  Son los que se frustran cuando una regla tiene excepciones y la palabra “flexible” les produce salpullido.  Los dependientes del contexto son los que comprenden la idea general y están contentos con ello sin sentir esa necesidad apremiante de comprender todo.  Ellos disfrutan más aprendiendo idiomas.

Miss Peggy es una dama con el balance perfecto entre estructura y contexto.  Verla entrar en la escuela es como ver la primavera abrirse paso entre los restos del invierno.  Una dama elegante, educada y muy cercana.  Es evidente que es de  buena posición social, pero eso no le impide hablar de “tú” con esta pobre maestra de español que vive en un sótano.  Creo que tiene 64 años, y no le tomó nada de tiempo sentirse en confianza y contarme la historia de su vida.  Yo disfruté cada una de esas clases.  Lo difícil era interrumpir sus historias para volver al nada interesante tema del pretérito indefinido.

Cuando era niña, y alguien hacía algo por mí, un favor, una frase amable, algo inesperado, sentía como unas hormiguitas corriendo por mi cuello y la parte alta de la espalda.  Desde hace varios años no las he vuelto a sentir (quizás he perdido la capacidad de asombrarme), pero Miss Peggy volvió a alborotar a esas hormiguitas.  Siempre tenía una palabra amable, un cumplido, siempre le gustaba algo de mí, y me hacía pensar ¿por qué una mujer que lo tiene todo, lo ha vivido todo y no necesita mi aprobación, tiene siempre palabras amables?  La historia de amor de Miss Peggy es de película, su vida ha conseguido inspirar a los críticos más exigentes: sus propios hijos.  Más de 30 años después su esposo sigue tan enamorado de ella como al principio y ella le corresponde con toda su atención.  Una mujer con su propia carrera, que supo compaginar con su familia y criar a dos profesionales exitosos.  Y todo esto sin olvidarse de sí misma y seguir aprendiendo y disfrutando de la vida. Nadie diría por su sonrisa que su niñez fue difícil en la Alemania comunista.  Con su acostumbrada elegancia me confesó: “yo también fui refugiada.  Mi familia huyó del oeste al este de Alemania, y no fue fácil.  Incluso siendo del mismo país algunas personas no nos querían aquí. Pasé enferma muchos meses al principio, mis padres pensaban  que era cáncer, pero tal vez sólo fue el estrés de la huida.” Después sonrió y me dijo “pero ahora todo está bien.”

Ahora todo está bien.  Miss Peggy no me veía a mí como una maestra, ella me veía como una persona.  Ella me hizo pensar “cuando sea mayor, yo quiero ser así”.  No quiero quejarme por mis limitaciones, tampoco quiero aburrir a la gente con mis nostalgias de pasado.  Quiero inspirar, quiero ver al ser humano que se esconde detrás de esa etiqueta de abogado o jardinero.  Quiero poder decir “ahora todo está bien”.   Quiero ser un nexo de unión entre los que me rodean.  Quiero volver a sentir las hormiguitas como cuando era niña, y hacer que alguien más las sienta.  Quiero envejecer con gracia.

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