La clave está en escuchar

Envejecer es inevitable.  Sentirse incapaz es opcional (adaptación de Barbara Johnson). Ante la falta de agilidad que traen los años, la clave está en escuchar.  Mis alumnos de más de 50 años tienen este problema, no me escuchan.  Les gusta hablar.  ¡Les encanta hablar!, pero no suelen escuchar la explicación o la respuesta porque están muy ocupados hablando. Por ejemplo, tienen que completar un ejercicio y se encuentran con una palabra que no saben,  una sola palabra puede colapsar su análisis y estructuras previas y se enfrascan en esa palabra.  En ese momento es como si cerraran las puertas de su mente al exterior y, algunas veces en voz alta, repiten y repiten la oración, esperando encontrarle algún sentido.  Después de un rato tengo que intervenir, a veces con un sinónimo o con la traducción de la palabra.  Pero raras veces me escuchan a la primera, normalmente tengo que ofrecer mi ayuda varias veces, porque no me estaban poniendo atención.  Saben que les hablo, ven que mis labios se mueven y mis ojos les ven fijamente, pero es como si no pudieran dejar de hablar.  No encuentran el botón de pausa y tengo que esperar a que la cinta termine.  Cuando por fin termina, y yo puedo intervenir, podemos aclarar el asunto y vuelve la armonía a nuestras vidas.

Escuchar.  Ese difícil arte que si no se practica en la juventud, no vendrá en la vejez.  A veces es el miedo o la frustración la que nos hace hablar sin parar.  Hablamos con la esperanza de encontrar sentido al sinsentido.  Pero de una mente temerosa o frustrada raras veces han nacido soluciones. Otras personas hablan sin parar fruto de su autosuficiencia, ellos todo lo saben, todo lo comprenden.  Pero a una mente que ya está “llena” no se le puede meter nada nuevo. Escuchar es un acto de humildad porque hay que reconocer que yo no sé, y que es posible que el otro sepa algo que yo necesito.  Ya lo decía el autor de Proverbios, escuchar es de sabios, callar también.

No se puede aprender si no se escucha.  Escuchar es entonces sinónimo de aprender. Es parar por un momento mis elucubraciones para abrazar nuevas posibilidades. Algunas veces las soluciones son susurros que esperan un poco de silencio para devolvernos la paz.   Y escuchar, como cualquier virtud, necesita práctica para que se convierta en un estilo de vida.  Toda persona sea pronta para oír, lenta para hablar y lenta para enojarse.

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