¿Llamado o contrato?

… que andeis como es digno de la vacación con que fuisteis llamados. (Ef. 4:1)

Llamados es la clave.

Derechos y obligaciones. Esa es la cara oculta de ser maestra/profesora autónoma. Nadie me dijo que había una parte legal en la que mis alumnos/escuelas y yo estábamos unidos por el santo vínculo de un contrato. Yo cumplo mi parte del acuerdo y ellos hacen lo propio. No hay espacio para la generosidad por ninguna de las partes. Una vez cumplo mi parte del trato no estoy obligada a darles 5 minutos extra. Ellos tampoco pueden darme propinas;  si quiero más dinero, tengo que trabajarlo. Nada del otro mundo.

Tener un llamado a hacer algo es otra cosa. Poco o nada tiene que ver el dinero. No hay límite de tiempo, ni de energía. Nadie trabaja en una ong y dice: voy a ayudar a 3 niños y listo.
Se trabaja hasta que el cuerpo, los medios o la motivación lo permitan. Y no siempre se consiguen los resultados que uno espera. Se dice que solo el 1% de las personas obligadas a prostituirse logra recuperarse y tener una vida diferente. Esa no fue una excusa para Lana, cuando decidió fundar Kainos, ni sus 60 años fueron suficientes para hacerla postergar su jubilación.

Lo que recibimos de Dios es un llamado, no un contrato. Una llamado a darlo todo sin esperar nada a cambio (¡anda! ¡como un matrimonio! ¡O una amistad! Creo…). Dios no esta obligado a nada, aún así fue el primero en ofrecer algo. El llamado es a dárselo todo y confiar en su generosidad. Y ese es el problema,que algunos preferirían tener un contrato con Dios, porque parece que su oferta de generosidad no es suficiente. 

He aquí, aunque él me matare, en él esperaré (Job 13:15)

He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado. (Daniel 3:17-18)

Un llamado, no un contrato.


Reacción al último podcast de TFH/OC, al César lo que es del César.

Mr perfect

 

Hace menos de dos horas tuve una conversación con un alumno sobre este tema precisamente, la frustración y la tolerancia al fracaso.

En un ejercicio de escuchar, algunos alumnos se limitaron a leer la transcripción en lugar de escuchar y tomar notas. Al final les di un pequeño rapapolvo, porque no me sirve de nada que ellos hagan los ejercicios perfectos en clase pero en la vida real se queden con cara de whaat?.

“La vida real no tiene subtítulos, hay que aprender a escuchar”. Ese fue mi gran argumento. (¡Cómo se nota que nunca han vivido en otro país!, si no, sabrían que poner cara de entender todo es puro instinto de supervivencia).

Uno de ellos se quedó al final para justificarse un poco. Él se siente inseguro (¡y quién no!). Quiere ser capaz de entender TODO. Quiere, con sólo 150 horas de clase, no cometer errores, quiere aprender sin pasar por la frustración de no saber.  Si hay que equivocarse, mejor que sea en un aula o en casa. 

 

No eres tú, soy yo.

¿Cuál es mi superpoder? Aparentar que sé lo que hago, aunque no tenga ni idea. Y no lo hago a propósito. Con esta cara que Dios me dio, entre seria y en las nubes, parece que lo tengo todo fríamente calculado y raras son las veces que sé lo que quiero.  ¿Una habilidad? Escuchar. Creo que las lecciones más importantes de mi vida las he aprendido escuchando a mis mayores y no en un aula de clases. Creo que toda la información que llega a mis oídos en un regalo de Dios, nunca se sabe cuándo esa información será útil. Analizando todo y reteniendo lo bueno. En toda persona hay sabiduría e insensatez, sólo hay que discernir qué es qué.

Hace tiempo escuché el término “core identity” o, según Google, identidad central. La identidad central es esta creencia que tenemos sobre nosotros mismos, que nos define, y ha sido reforzada por el medio en el que vivimos (definición muy libre). Durante mucho tiempo la palabra que yo creía que me definía como persona era “inteligente”.  Era lo que me decía la gente y en el colegio no me iba mal, solía caer bien a los maestros, así que debía ser verdad. El problema es que cuando con 22 años me dieron un titulo que decía “licenciada” mi vida se hundió.  Estaba a punto de enfrentarme a la vida sin ninguna herramienta “útil”. Quería, desesperadamente, estudiar un post grado, para ver si de alguna forma mágica descubría o desarrollaba alguna habilidad útil que me diera un plan para el resto de mi vida.

Y del amor romántico ni hablemos, ¿quién querría tener una novia a la que le gustaba el latín y el griego y no supiera cocinar?. Me dediqué a aniquilar cualquier atisbo de romanticismo porque algo dentro de mí me decía “hmmmm mejor no”. Y ese “hmmmm mejor no” salvó vidas, incluida la mía.  Muchos años después, desde la perspectiva que da el tiempo, sé que fue la mejor decisión. Algo dentro de mí no se sentía cómodo empezando una relación sin saber quien era, no tenía sueños ni motivaciones más allá de una maestría. ¿Y si de verdad no tenía más talentos que hacer exámenes? Dentro de mi caos interno había una sola cosa clara: mi identidad central no sería “ser la esposa de…” prefería lo del caos, pero caóticamente auténtica. Quería tener algo que ofrecer, estar con alguien por elección y no por necesidad, dar y recibir apoyo, pero ¿apoyo para qué, si no sabía a dónde iba?

Siguiendo el consejo de un par de personas empecé a dar clases particulares, y después de varios años resultó que, a los 28 años, descubrí que tenía vocación y habilidad para la enseñanza (es lo que tiene escuchar a personas más sabias y con más experiencia). Con mi cara de “tranquilos, sé lo que hago” seguí trabajando como maestra en Alemania (tener experiencia y buenas referencias también ayudó).  Parte de mi aprendizaje como maestra es aprender a decir: “no lo sé”, cosa que a los 22 años jamás hubiera admitido en voz alta. Aprender también implica equivocarse, tengo más fracasos en mi haber que éxitos, pero no me mortifico. Mayor es el miedo que le tengo al remordimiento que al fracaso, además por estadística algo me tiene que salir bien. Resultó que la docencia trajo un poco de luz a mi vida.  Tal vez sea mi auténtico superpoder.

Teología de prostíbulo

“Somos hijas del gran Rey”, “yo oro todos los días para que Dios me proteja y me bendiga en mi trabajo”, “yo escucho a la pastora fulanita”, “yo soy muy devota de la virgen menganita”, “yo juego a la lotería todas las semanas y le pido a Dios que me gane algo para salir de aquí y pueda regresar a casa con suficiente dinero…” “yo necesitaba un trabajo y Dios me abrió esta puerta”.

Estas y otras frases “piadosas ” he escuchado en lugares carentes de moral, de boca de mujeres que se esconden detrás de sonrisas y maquillaje a granel. La prostitución forzada es el resumen de una serie de fallos de instituciones a todos los niveles de la sociedad. Deficiencias (o socavones) a nivel familiar, económico, laboral, gubernamental… y eclesial.

El consumo y venta de teología barata es mortal. La prostitución forzada es un tema muy complejo que no pretendo simplificar. Las razones que llevan a estas mujeres son tan variadas como crueles, pero en mi experiencia el 90 % de las mujeres latinoamericanas dedicadas a este negocio, en algún momento de su vida, asistieron a una iglesia cristiana (católica o evangélica). Y ¿qué aprendieron? Que Dios es un ser necesitado de atención humana, dispuesto a complacer cualquier cosa a cambio de un par de oraciones o pensamientos de vez en cuando. Nadie habló del precio de seguir a Cristo, nadie mencionó nada sobre la santidad. Nadie le dijo a los padres que un hombre de verdad protege a su familia, que un buen padre se preocupa por el bienestar integral de los que viven bajo su techo. Nadie le dijo a los jóvenes varones que ofrecer algo material a cambio de favores sexuales no es correcto, que el cuerpo de una mujer no se puede comprar con smartphones o peinados de peluquería. Nadie le dijo a las madres que el cuerpo de sus hijas es sagrado y que Cristo murió en la cruz para salvar no solo el alma, por el cuerpo también. Nadie le dijo a los tíos y primos que aprovecharse de sus primas o sobrinas no es hacerlas mujeres, ellas son mujeres desde que nacieron y no necesitan probarlo.

Hace 20 años, nadie le dijo a estas mujeres que su valor como seres humanos no reside en su capacidad para satisfacer a desconocidos. Nadie les dijo que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres o a su familia. Muy pocos tienen el grado de fé de Abraham para dejar lo malo conocido para abrazar al Padre Celestial. No puedo pedirles que dejen lo que tanto les lastima para abrazar lo desconocido, lo sé. Lo que ellas escucharon y creyeron hace 10 o 20 años nos tiene a todos aquí. Me pregunto cuáles serán las consecuencias en 20 años de lo que hoy estamos enseñando.

Sé que la iglesia debería ser una alternativa de unidad y amor, algo tan atractivo como revolucionario que refleje el carácter de su fundado y den ganas de dejarlo todo y ser parte ella. Sé que las condiciones no son las óptimas, pero lo intentamos, porque no hacerlo está mal. Sé que no ser radical tiene consecuencias mortales.

Sé que la luz vino al mundo y los hombres la despreciaron, pero también sé que hay un banquete de boda al que todos están invitados, aunque muchos no lo sepan.

Liking people is not the same as being part of a community

Some years ago 3 young, good looking people entered my class in a community college. They seem to know each other, worked in the same place, similar age and obviously they wanted to spend their leisure time learning Spanish. In my culture it implies some kind of friendship, maybe not the deepest kind, but some.

I was completely shocked when, weeks later, I realized that they where far from being friends, they were merely acquaintances. They came together but they weren’t friends. Is that even possible? I tried to hide my confusion and decided not ask questions. But in my mind it was clear: this is weird, is it the usual practice around here?. They were not what I thought they would, so I felt insecure about the whole situation. I didn’t want to be disrespectful nor indiscreet, so I went for the smile and nod thing til the end of the semester.

I am an individualist person raised in a collectivist culture (or as I call it, a dysfunctional latina), but I have to say those situations put me in sinking sand, because if people are together, seem to like each other but there’s not even a small amount of friendship, I don’t know how to interact with them.

This week talking with a group of ladies (from individualistic backgrounds) wanting to help collectivist groups of people, made me realize a couple of things. Offering individual help to collectivist people is not going to work. Only communities can reach communities. That led me to my second discovery. My team and I work together, but we are far from any kind of relationship. We smile to each other, we hug, but when the work is done we go separate ways. We won’t talk again in weeks, we only send reminders about appointments. I’m not saying we have to be bff’s and go shopping together, but I’m afraid it looks like people coming together few hours and then living separate lifes.

We all have busy schedules, and mine is probably the craziest. But I’ve been using the “this is how they do it around here” as an excuse to keep people at arms length. It’s definitely the easiest thing to do. But all this situation reminded me that I need to go back to my roots. I know how to create a good, warm (sort of) atmosphere. It’s what I do in my classes! If not, why then coming Saturday after Saturday for 5 hours to learn Spanish for the last 3 years? Is not because the love grammar, that’s for sure.

What if I’m in that team to share my experience as teacher and create a different, more united, ministry atmosphere? What if my background empowers me to be the glue and bring people together? What if people outside church only see a bunch of people coming together a couple of hours a week but living separate lifes the est of the week? No one wants to smile and nod on Sundays, and go back to your loneliness the rest of the week. No one.

Only redeemed communities reach broken communities.

John 17: 11

No volveré a dar por sentado…

Esos momentos de tranquilidad, cuando regreso a casa y repaso mentalmente la jornada, Padre, no quiero darlos por sentado. Porque hay días en los que nada libera de la angustia, ni siquiera la música.

Ayúdame Padre a no volver a ignorar los días soleados por muy nublado que tenga el corazón.

No quiero que tu provisión pase desapercibida delante de mis ojos.

Quiero disfrutar de una tarde con amigos y centrarme en ellos en lugar de mirar hacia adentro, a la tormenta de mi interior.

No quiero dar por sentado lo que tú me das, ni extrañarlo sólo cuando no lo tengo.

No quiero sentirme ofendida contigo cuando la vida no me dé lo que quiero.

No quiero reír sólo cuando la vida es color de rosa, porque tú eres bueno también en los días grises.

Quiero recordar la tristeza ajena aún en el gozo propio.

Quiero reconocer tu presencia y cuidado encarnado en el amor de los buenos amigos.

Un libro oscuro vs una historia de amor y redención

Después de algunos meses hurgando en el oscuro libro de “Jueces” he llegado a la conclusión de que el libro de Rut me encanta. Caleb se instaló en mi corazón, Débora y Jael se ganaron mi respeto y admiración pero a partir de allí todo va de lo absurdo a lo surrealista. Por eso necesitaba poner fin a 5 meses de estudio con una nota positiva, algo que solo podía hacer Rut. Ha sido como si el Padre me dijera: “en 21 capítulos (Jueces) te voy a explicar lo que pasa cuando confías en tu propio entendimiento y te fías de lo que a tus ojos es correcto. Pero me bastan 4 capítulos (Rut) para que veas lo que yo hago con los que se atreven a confiar en mí. Míralo con tus propios ojos”.

Y eso hice.