Mr perfect

 

Hace menos de dos horas tuve una conversación con un alumno sobre este tema precisamente, la frustración y la tolerancia al fracaso.

En un ejercicio de escuchar, algunos alumnos se limitaron a leer la transcripción en lugar de escuchar y tomar notas. Al final les di un pequeño rapapolvo, porque no me sirve de nada que ellos hagan los ejercicios perfectos en clase pero en la vida real se queden con cara de whaat?.

“La vida real no tiene subtítulos, hay que aprender a escuchar”. Ese fue mi gran argumento. (¡Cómo se nota que nunca han vivido en otro país!, si no, sabrían que poner cara de entender todo es puro instinto de supervivencia).

Uno de ellos se quedó al final para justificarse un poco. Él se siente inseguro (¡y quién no!). Quiere ser capaz de entender TODO. Quiere, con sólo 150 horas de clase, no cometer errores, quiere aprender sin pasar por la frustración de no saber.  Si hay que equivocarse, mejor que sea en un aula o en casa. 

 

No eres tú, soy yo.

¿Cuál es mi superpoder? Aparentar que sé lo que hago, aunque no tenga ni idea. Y no lo hago a propósito. Con esta cara que Dios me dio, entre seria y en las nubes, parece que lo tengo todo fríamente calculado y raras son las veces que sé lo que quiero.  ¿Una habilidad? Escuchar. Creo que las lecciones más importantes de mi vida las he aprendido escuchando a mis mayores y no en un aula de clases. Creo que toda la información que llega a mis oídos en un regalo de Dios, nunca se sabe cuándo esa información será útil. Analizando todo y reteniendo lo bueno. En toda persona hay sabiduría e insensatez, sólo hay que discernir qué es qué.

Hace tiempo escuché el término “core identity” o, según Google, identidad central. La identidad central es esta creencia que tenemos sobre nosotros mismos, que nos define, y ha sido reforzada por el medio en el que vivimos (definición muy libre). Durante mucho tiempo la palabra que yo creía que me definía como persona era “inteligente”.  Era lo que me decía la gente y en el colegio no me iba mal, solía caer bien a los maestros, así que debía ser verdad. El problema es que cuando con 22 años me dieron un titulo que decía “licenciada” mi vida se hundió.  Estaba a punto de enfrentarme a la vida sin ninguna herramienta “útil”. Quería, desesperadamente, estudiar un post grado, para ver si de alguna forma mágica descubría o desarrollaba alguna habilidad útil que me diera un plan para el resto de mi vida.

Y del amor romántico ni hablemos, ¿quién querría tener una novia a la que le gustaba el latín y el griego y no supiera cocinar?. Me dediqué a aniquilar cualquier atisbo de romanticismo porque algo dentro de mí me decía “hmmmm mejor no”. Y ese “hmmmm mejor no” salvó vidas, incluida la mía.  Muchos años después, desde la perspectiva que da el tiempo, sé que fue la mejor decisión. Algo dentro de mí no se sentía cómodo empezando una relación sin saber quien era, no tenía sueños ni motivaciones más allá de una maestría. ¿Y si de verdad no tenía más talentos que hacer exámenes? Dentro de mi caos interno había una sola cosa clara: mi identidad central no sería “ser la esposa de…” prefería lo del caos, pero caóticamente auténtica. Quería tener algo que ofrecer, estar con alguien por elección y no por necesidad, dar y recibir apoyo, pero ¿apoyo para qué, si no sabía a dónde iba?

Siguiendo el consejo de un par de personas empecé a dar clases particulares, y después de varios años resultó que, a los 28 años, descubrí que tenía vocación y habilidad para la enseñanza (es lo que tiene escuchar a personas más sabias y con más experiencia). Con mi cara de “tranquilos, sé lo que hago” seguí trabajando como maestra en Alemania (tener experiencia y buenas referencias también ayudó).  Parte de mi aprendizaje como maestra es aprender a decir: “no lo sé”, cosa que a los 22 años jamás hubiera admitido en voz alta. Aprender también implica equivocarse, tengo más fracasos en mi haber que éxitos, pero no me mortifico. Mayor es el miedo que le tengo al remordimiento que al fracaso, además por estadística algo me tiene que salir bien. Resultó que la docencia trajo un poco de luz a mi vida.  Tal vez sea mi auténtico superpoder.

Despacio,con tranquilidad…

Crecí pensando que la lentitud era uno de mis mayores defectos, pero tal vez  sea mi súper poder. Lenta para despertar, para comer, para ducharme, para estar preparada (para lo que sea) para procesar información nueva, para sentirme agusto con situaciones nuevas, para solucionar problemas, para conocer a otros y conocerme a mí misma, lenta para todo…

Pero cuando lo consigo, imparable como manada de elefantes.

Disfrutadlo.

Días agridulces

Mi yo interno cantaba el “let it go” (Frozen) tan alto que yo creo que las personas sentadas al lado mío en el tren lo podían escuchar. Poco a poco el semestre termina y yo recupero algo tan añorado como desconocido: tiempo para mí. El 90% de mis cursos en la universidad popular continúan así que el final de un semestre no es un “adiós” definitivo, es un “hasta pronto”. Pero cuando termina un curso en una empresa el sentimiento es diferente. Hace más de tres años tomé una clase de sustitución en esta empresa, en el fin del mundo. Y hoy, más de 300 horas de clase después, firmo por última vez el libro de visitas.

El sentimiento es agridulce. Los inviernos en este pueblito son especialmente fríos, debe ser por el río. No echaré de menos las calles de piedra y ese puente escarchado y resbaladizo para cruzar las vías del tren. No echaré de menos esa sala de reuniones fría en invierno, un horno en verano, por no mencionar el olor extraño de la moqueta. Me iría tranquila si supiera que las personas que conocí allí estarán bien, trabajando cada uno en lo suyo. Me voy sabiendo que ellos mismos no saben qué va a pasar. He respirado el clima de incertidumbre y resignación que impregna las paredes, he visto gente “abandonar el barco”. En otros intuyo miedo; se quedan por miedo al cambio.

Una parte de mí espera un desenlace fatídico, pero no porque quiero que pierdan sus trabajos, sino porque yo misma estoy cansada de verlos esperar. Venir a trabajar, aunque sea sólo unas horas, ha sido más bien como visitar en el hospital a un enfermo con pronóstico reservado. Me voy y el paciente sigue igual, pronóstico reservado.

Justo hoy me pusieron el décimo sello en la tarjeta de cliente frecuente en la cafetería al lado de la estación, el próximo café es gratis. Tendré que volver a cobrar ese café. Quizá para entonces la situación del paciente haya mejorado.

Barato, barato

Llegó el día, era inevitable. Después de 3 años me entregaron su último examen y nos despedimos. Su futuro está en el aire, son las víctimas usuales de las malas decisiones de los de arriba. Son los que han trabajado toda su vida para hacer realidad los sueños del empresario de turno y ahora ven como la tijera de los recortes les quita, de momento, la tranquilidad. Esperemos que sólo sea eso. Entrados los 50 la idea de empezar de nuevo no es nada atractiva.

En los últimos meses he visto jóvenes con mucho talento salir, algunos con cierta sensación de alivio, pero en todos la decepción se reflejó en un silencio prudente. Han quedado los que albergan la esperanza de que el barco no se hunda, o tal vez sean los que por la edad prefieren no dar pasos en falso.

3 años de escuchar que se sienten ignorados por los de arriba. Se sienten incomprendidos, no tienen todos los recursos que necesitan para hacer su trabajo. 3 años cuesta abajo en una carrera loca por abaratar costos.

Barato, barato. Queremos calidad, pero barata. Queremos mucho y barato.

“Me Fui – REYMAR PERDOMO (y lo volvería a hacer)

Los hay que migran porque sienten que les falta algo, y esperan encontrarlo al otro lado de la frontera.  Otros migran porque se están quedando sin oxígeno. En cualquier caso dejar atrás lo que uno conoce, ama y le da seguridad es toda una aventura.

“Con mi cabeza llena de dudas, pero me fui” y ¿saben qué? Lo volvería a hacer

Tanto alboroto por un simple tamal…

Una de las cosas que no sabes cuando emigras es que tendrás que enfrentarte a tus propios miedos y complejos. Una de las frases que más me he repetido a mí misma en éstos últimos 6 años es: “no sabía que podía hacer esto” o su variante “nunca pensé que fuera capaz de hacer lo otro”.

Y es que cuando emigras y empiezas desde cero lo pierdes todo. Pierdes estatus y conexiones. Eres como un niño que tiene que aprender todo otra vez, cosas como que las botas de invierno deben tener suela gruesa, o que los abrigos mucho mejor si tienen capucha. Aprendes a vestirte, a comer, a comprar, a abrazar o a no abrazar, a hablar, a callar…y también pierdes lo que yo llamo “pertenencia”. La pertenencia es ese tejido social que nos dice quienes somos, qué lugar ocupamos y a qué podemos aspirar. La gente no sabe qué esperar de ti, algunos esperan a un semi salvaje con taparrabos, otros, en el mejor de los casos, no esperan nada.

Desde mi punto de vista esto es perfecto. Es la oportunidad perfecta para convertirme en embajadora de los guatemaltecos/latinos que vendrán después. Quiero que el recuerdo que tengan de mí mis jefes, colegas y alumnos sea tan bueno, que si en el futuro conocen a otro guatemalteco le den una oportunidad como me la dieron a mí. Quiero que piensen “una vez conocí a una guatemalteca. Los guatemaltecos son buena gente, trabajadores, profesionales y bien preparados”. Tengo la oportunidad de dejar una buena primera impresión, espero que hacerlo bien. (Eso es para mí ser una buena guatemalteca/latina, mi acento mezclado es sólo una anécdota, la prueba tangible de mi hoja de ruta).

¿Y los tamales? De alguna forma he recibido de mi cultura el input de que… las actividades domésticas no son lo mío, especialmente la cocina. Hacer cuchitos, rellenitos o mole es la prueba de que puedo hacer más de lo que mi gente cree que puedo hacer. Esto es algo que nunca hubiera hecho en Guatemala, para qué cocinar si lo puedo comprar, pero la filosofía alemana es totalmente opuesta, ¿por qué lo compras si lo puedes hacer tú misma? Y ahí está el detalle jóvenes, siempre he creído que no podía. Pero vivir en el extranjero me ha demostrado que no soy únicamente lo que mi cultura dice que soy. Si los nativos cara pálida pueden, yo también puedo, y sin pertenecer al 100 % a esta sociedad. ¿Mi superpoder? Soy emigrante.