El día que gané el Tour de Francia

Cuando me subí a la bicicleta muchos pensamientos cruzaron por mi mente. Me acordé de mi primera bici, una verde de quinta mano, esa que al final heredó mi hermano.  Me acordé de mi segunda bici, esa que fue un regalo de desconocido.  Un panameño amigo de unos amigos de mis padres me vio contar las monedas que estaba ahorrando para comprarme una bici y se conmovió tanto que me regaló una bici preciosa, una Windsor blanca y rosa, preciosa. Me acordé de la última vez que monté en bicicleta, fue hace 13 años en Holanda.  Terminé en el suelo.  Pensé que en que tengo las piernas cortas. Pensé que ningún guatemalteco en su sano juicio había tenido la brillante idea de salir a comprar pescado en una isla del mar del norte en plena tormenta. Aunque la tormenta nos sorprendió ya de camino, mi instinto de supervivencia me pidió regresar a casa. regresar a lo cómodo y conocido. Pensé en el dolor de trasero que tendría al siguiente día.  Fueron sólo 12 kilómetros, pero llegar a casa sana y salva me hizo sentir como si hubiera ganado el tour de Francia.

Mi idea de vacaciones con los lugareños no incluía horarios, bicicletas ni días nublados.  Mi idea de vacaciones es más tranquila, con tardes en la playa, un buen libro y música, caminatas tranquilas y postres a granel.  Quién me iba a decir que sería empujada a considerar otras formas de pasar el tiempo libre.

Cuando iba en esa bici, en plena tormenta, después shock inicial, y de las múltiples quejas internas, me dí cuenta de que estaba haciendo algo nuevo y eso era bueno.  Estaba probándome a mí misma que puedo hacer (más o menos bien) más de lo que yo me creía capaz. Ya tengo dominado el trinomio autobús, tren y tranvía, ahora también tengo otra alternativa.  En un mundo que limita nuestras alternativas de futuro, nuestro deber es mantenerlas abiertas.  El tiempo ya se encargará de dejarnos obsoletos y volvernos prescindibles; luchar sólo por la supervivencia no es un buen plan de futuro. Debemos buscar la renovación constante, no la conformidad. Debemos seguir aprendiendo. Una de las tentaciones más grandes de los adultos de mediana edad es pensar que ellos ya saben todo lo que tienen que saber, y solo cuando llega una crisis se dan cuenta de que el mundo ha seguido girando y ellos no se dieron cuenta.

Mis 12 Kms.  en bici no son la gran cosa, pero me hizo recuperar la confianza y fue un claro recordatorio de que no debo vivir de glorias pasadas.

La clave está en escuchar

Envejecer es inevitable.  Sentirse incapaz es opcional (adaptación de Barbara Johnson). Ante la falta de agilidad que traen los años, la clave está en escuchar.  Mis alumnos de más de 50 años tienen este problema, no me escuchan.  Les gusta hablar.  ¡Les encanta hablar!, pero no suelen escuchar la explicación o la respuesta porque están muy ocupados hablando. Por ejemplo, tienen que completar un ejercicio y se encuentran con una palabra que no saben,  una sola palabra puede colapsar su análisis y estructuras previas y se enfrascan en esa palabra.  En ese momento es como si cerraran las puertas de su mente al exterior y, algunas veces en voz alta, repiten y repiten la oración, esperando encontrarle algún sentido.  Después de un rato tengo que intervenir, a veces con un sinónimo o con la traducción de la palabra.  Pero raras veces me escuchan a la primera, normalmente tengo que ofrecer mi ayuda varias veces, porque no me estaban poniendo atención.  Saben que les hablo, ven que mis labios se mueven y mis ojos les ven fijamente, pero es como si no pudieran dejar de hablar.  No encuentran el botón de pausa y tengo que esperar a que la cinta termine.  Cuando por fin termina, y yo puedo intervenir, podemos aclarar el asunto y vuelve la armonía a nuestras vidas.

Escuchar.  Ese difícil arte que si no se practica en la juventud, no vendrá en la vejez.  A veces es el miedo o la frustración la que nos hace hablar sin parar.  Hablamos con la esperanza de encontrar sentido al sinsentido.  Pero de una mente temerosa o frustrada raras veces han nacido soluciones. Otras personas hablan sin parar fruto de su autosuficiencia, ellos todo lo saben, todo lo comprenden.  Pero a una mente que ya está “llena” no se le puede meter nada nuevo. Escuchar es un acto de humildad porque hay que reconocer que yo no sé, y que es posible que el otro sepa algo que yo necesito.  Ya lo decía el autor de Proverbios, escuchar es de sabios, callar también.

No se puede aprender si no se escucha.  Escuchar es entonces sinónimo de aprender. Es parar por un momento mis elucubraciones para abrazar nuevas posibilidades. Algunas veces las soluciones son susurros que esperan un poco de silencio para devolvernos la paz.   Y escuchar, como cualquier virtud, necesita práctica para que se convierta en un estilo de vida.  Toda persona sea pronta para oír, lenta para hablar y lenta para enojarse.

Miss Peggy, la historia de una refugiada

En el ejercicio de dar clases, he aprendido que puedo simultáneamente aprender de mis alumnos.  Cada uno, con sus peculiaridades, su experiencia y su inteligencia me reta a ver el mundo desde su perspectiva.  Los de estructuras rígidas ponen a prueba mi paciencia.  Ellos son los que quieren comprender cada palabra y la traducción exacta de cada palabra.  Son los que se frustran cuando una regla tiene excepciones y la palabra “flexible” les produce salpullido.  Los dependientes del contexto son los que comprenden la idea general y están contentos con ello sin sentir esa necesidad apremiante de comprender todo.  Ellos disfrutan más aprendiendo idiomas.

Miss Peggy es una dama con el balance perfecto entre estructura y contexto.  Verla entrar en la escuela es como ver la primavera abrirse paso entre los restos del invierno.  Una dama elegante, educada y muy cercana.  Es evidente que es de  buena posición social, pero eso no le impide hablar de “tú” con esta pobre maestra de español que vive en un sótano.  Creo que tiene 64 años, y no le tomó nada de tiempo sentirse en confianza y contarme la historia de su vida.  Yo disfruté cada una de esas clases.  Lo difícil era interrumpir sus historias para volver al nada interesante tema del pretérito indefinido.

Cuando era niña, y alguien hacía algo por mí, un favor, una frase amable, algo inesperado, sentía como unas hormiguitas corriendo por mi cuello y la parte alta de la espalda.  Desde hace varios años no las he vuelto a sentir (quizás he perdido la capacidad de asombrarme), pero Miss Peggy volvió a alborotar a esas hormiguitas.  Siempre tenía una palabra amable, un cumplido, siempre le gustaba algo de mí, y me hacía pensar ¿por qué una mujer que lo tiene todo, lo ha vivido todo y no necesita mi aprobación, tiene siempre palabras amables?  La historia de amor de Miss Peggy es de película, su vida ha conseguido inspirar a los críticos más exigentes: sus propios hijos.  Más de 30 años después su esposo sigue tan enamorado de ella como al principio y ella le corresponde con toda su atención.  Una mujer con su propia carrera, que supo compaginar con su familia y criar a dos profesionales exitosos.  Y todo esto sin olvidarse de sí misma y seguir aprendiendo y disfrutando de la vida. Nadie diría por su sonrisa que su niñez fue difícil en la Alemania comunista.  Con su acostumbrada elegancia me confesó: “yo también fui refugiada.  Mi familia huyó del oeste al este de Alemania, y no fue fácil.  Incluso siendo del mismo país algunas personas no nos querían aquí. Pasé enferma muchos meses al principio, mis padres pensaban  que era cáncer, pero tal vez sólo fue el estrés de la huida.” Después sonrió y me dijo “pero ahora todo está bien.”

Ahora todo está bien.  Miss Peggy no me veía a mí como una maestra, ella me veía como una persona.  Ella me hizo pensar “cuando sea mayor, yo quiero ser así”.  No quiero quejarme por mis limitaciones, tampoco quiero aburrir a la gente con mis nostalgias de pasado.  Quiero inspirar, quiero ver al ser humano que se esconde detrás de esa etiqueta de abogado o jardinero.  Quiero poder decir “ahora todo está bien”.   Quiero ser un nexo de unión entre los que me rodean.  Quiero volver a sentir las hormiguitas como cuando era niña, y hacer que alguien más las sienta.  Quiero envejecer con gracia.