“Me Fui – REYMAR PERDOMO (y lo volvería a hacer)

Los hay que migran porque sienten que les falta algo, y esperan encontrarlo al otro lado de la frontera.  Otros migran porque se están quedando sin oxígeno. En cualquier caso dejar atrás lo que uno conoce, ama y le da seguridad es toda una aventura.

“Con mi cabeza llena de dudas, pero me fui” y ¿saben qué? Lo volvería a hacer

Cabilaciones en el autobús. El dilema de la auto percepción y la realidad

Según yo, soy una persona amable, responsable, tranquila, etc, etc, etc. Es lo que percibo de mí misma alimentado en parte por la interacción con los demás. Esa autoconciencia es uno de los distintivos principales del ser humano. Pero ¿qué pasa cuando mi auto percepción no coincide y choca con la realidad? Los seres humanos somos la única especie en el reino animal que disociamos la idea que tenemos de nosotros mismos de la realidad. Construimos nuestra identidad en base a lo que percibimos de nosotros mismos, influenciados, en mayor o menor medida, por la realidad que nos rodea. La baja autoestima o la megalomanía no se basan en datos puramente objetivos, sino en como nos percibimos a nosotros mismos.
De vez en cuando nuestra auto percepción choca con la realidad.  Resulta que no somos lo que pensábamos que somos. Con un poco de suerte somos mejores de lo que pensábamos, aunque normalmente nos damos cuenta de que no somos tan buenos como pensábamos o como solíamos serlo. Entonces entramos en crisis.No voy a decir que la crisis es una oportunidad de auto reinventarnos. Internet está lleno de ese tipo de mensajes. Las crisis son la oportunidad ideal de darnos cuenta de que, efectivamente, no estamos donde pensábamos. Las grietas de nuestro carácter se exponen al público y no sabemos qué hacer. Esconder esas grietas es la opción más popular. Pero ¿y si esas grietas fueran un recordatorio divino de una realidad humana inevitable?
Somos seres finitos, limitados en el tiempo y el espacio, con capacidades en decadencia; amados por un Dios ilimitado, cuyo amor perfecto le impulsa a amar nuestra imperfección y precariedad. Un Dios que no se sorprende ante nuestros continuos y variados fracasos. Un Dios que ha prometido acompañarnos en nuestras crisis. Después de todo es lo que nuestros amigos de carne y hueso hacen por nosotros, acompañarnos.Pero también es un Dios que honra nuestras crisis, las toma y suple su necesidad. No elimina las consecuencias de nuestros actos. Pero si se le permite, usa esas consecuencias para su gloria.  La suya, no la nuestra. 

Mi Dios pues suplirá conforme a sus riquezas en gloria.

El precio de la ignorancia

“Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia” Derek Bok (según Google; repetido hasta la saciedad por mi madre). Uno de mis alumnos resultó ser metalero consagrado. Ayer me contaba que fundó su propia banda, ha grabado un par de discos, incluso da conciertos; todo financiado por todos miembros de la banda. Dado que yo misma me embarqué en un proyecto editorial que resultó ser más complicado de lo que pensamos, me interesaba saber si por lo menos cubriríamos costos, así que no pude evitarlo y le pregunté.  Su respuesta fue escueta. “No” y añadió: “pero después de esto tendrás experiencia, y la experiencia cuesta”.  No pude evitar pensar en la frase que repetía mi madre; la duda existencial estaba servida: si la ignorancia cuesta mucho, pero la experiencia también, ¿cuál es el punto?

Las últimas semanas, desde finales del año pasado en realidad, he sentido tanto miedo y frustración como nunca antes en mi vida.  De hecho el diagnóstico inicial fue ansiedad y depresión.  Tuve que pedir ayuda profesional, necesitaba otro par de ojos con una perspectiva diferente que me ayudara a reconciliar mi fe y mis sentimientos, porque quieren divorciarse y no sé como evitarlo. De todo lo que dije y lo que oí en esa habitación una frase ha estado restaurando mi vida: “No creo que estés haciendo las cosas especialmente mal, tus problemas no son algo excepcional, de hecho es parte de ser adulto, todos tenemos luchas similares…” Así que me he dedicado a ver si es cierto que estamos todos en el mismo barco, y así es.  Todos luchamos con frustración, miedo, sentimientos de culpabilidad, soledad, falta de capacidad, ganas de salir corriendo… Creo que puedo autodiagnosticarme como normal.

Llevo meses intentando alinear en la misma órbita mi vida profesional, mis aspiraciones, mis pasatiempos y aficiones, experiencia y habilidades naturales, pero nunca ocurre.  Si la experiencia crece, la vida profesional se para en seco, las habilidades naturales van a su aire y mis pasatiempos van en dirección contraria.  Todo esto mientras la vida social se resiente porque para quedar con algún amigo tengo que obligarme a mí misma a hacerlo, porque no me queda energía. Si invierto en adquirir experiencia y potenciar alguna área de mi vida me sale caro y a corto plazo cambia nada, si pruebo con la ignorancia y quedarme estancada también me sale caro, entonces ¿cuál es el punto?

Otra de las cosas que he recordado en las últimas semanas es que avanzar no es una opción, es una necesidad vital.  Los adultos tenemos esa terrible creencia de que ya crecimos todo lo que debemos crecer, nos estancamos y nos lleva la corriente.  Dejamos de aprender y adquirir experiencia, porque es muy caro y requiere mucho esfuerzo, y es entonces cuando empezamos a morir. Buscando la estabilidad nos estancamos y caemos en la comodidad. “Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” y paguemos el precio, aunque sea alto.  También he recordado que la vida es una maratón, es mejor tomarse las cosas con calma porque queda mucho por delante. Mis ojos no deben estar puestos en los corredores que van delante de mí, aunque sea más fácil escribirlo que hacerlo. Lo importante es terminar, guardar la fe, llegar hasta el final.  Avanzar requiere planificar y la planificación evita que nos centremos en el presente más de lo necesario. Si las circunstancias presentes son buenas corremos el peligro de estancarnos, es mejor seguir avanzando.  Si el presente es sombrío es mejor avanzar, no quedarnos aquí más de lo necesario, pero siempre con los ojos puestos en la meta.

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.”

La cuesta de enero.

La famosa cuesta de enero está aquí.  Es como una fiesta sorpresa (que no es sorpresa porque sabes que sucederá) donde las facturas y gastos normales de principio de año se reúnen para darte un susto.  Para algunos la cuesta se convierte en un puerto de montaña, o en el Niágara en bicicleta.

Algunos de mis alumnos decidieron regalarme tiempo estas navidades, y sé que lo hicieron con buena intención, pero al cancelar sus clases (queriendo quedar bien conmigo) me dejaron en números rojos.  Estas cosas pasan. Y de todas y cada una de estas historias, independientemente del grado de culpabilidad en la planificación, el Padre celestial tiene cuidado (lo que no es una excusa para la dejadez).

¿Es Dios un padre bueno o malo?. Cualquiera en la cristiandad respondería que Dios es un padre bueno, porque sabemos que es la respuesta correcta, pero nuestras acciones demuestran lo contrario. Decimos que Dios es bueno pero nos dejamos llevar por la ansiedad porque en realidad no lo creemos.  O creemos que Dios es bueno solo para algunas cosas y para otras tenemos que echarle una mano. Conocer no es sinónimo de creer.

Lucas 12:13 cuenta la historia de un rico que se desvivió consiguiendo bienes materiales y descuidó su propia alma. Y no hay nada de malo en trabajar duro, ser responsable y planificar de cara al futuro, porque el trabajo bien hecho da gloria a Dios.  Lo que no da gloria a Dios es el afán, la ansiedad, ese maquinar soluciones desde nuestra limitada perspectiva que nos roban el gozo de nuestra salvación.  La ansiedad es el intento inútil de hacer previsible el futuro, que es por naturaleza imprevisible, es el orgullo de creer que nosotros sabemos lo que necesitamos y podemos conseguirlo sin necesidad de nadie. El fruto del Espíritu no es noches en vela mordiéndonos las uñas, es amor, gozo, paz, paciencia… La ansiedad es egoísta, porque donde hay ansiedad no hay amor; es ciega, porque nos quita perspectiva; es lúgubre, porque esconde el gozo y mortal porque mata la fe.  En definitiva, es pecado.

Cada uno lucha contra la ansiedad en diferentes áreas de la vida, el área financiera, profesional, familiar, sentimental, emocional, etc, cada uno desde su debilidad, pero nuestro Padre sabe que tenemos necesidad de estas cosas. Y nuestro Padre es por naturaleza bueno y perdonador.  Entonces “¿por qué os afanáis?”

11 días con cáncer

“A veces las cosas no salen como las planeamos”, “yo sé”, me respondió mi amiga.  Y con esta frase sé que no estoy descubriendo el agua azucarada, pero hay temporadas donde esta frase parece ser especialmente cierta. Esta es la crónica del mes de octubre.

Un escueto “cuando puedas llámame” de mi padre anunciaba vientos huracanados.  Aunque esa noche no pudimos hablar, me temí lo peor.  La palabra cáncer retumbaba en mi cabeza. Era clara y evidente, pero al mismo tiempo tiempo una especie de calma (de esas que acompañan a los grandes desastres) se apoderaba de mi estómago. Al día siguiente se confirmó el diagnóstico inicial, fue como ver al monstruo cara a cara por primera vez. Esa soleada mañana de otoño me di cuenta de un par de cosas,.  La primera, que uno de los pilares de mi vida se tambaleaba bajo mis pies, y yo no podía hacer nada.  Era la invitada de lujo a un espectáculo inevitable, de esos que sabes que no terminarán bien. La segunda, que estaba viviendo uno de esos brevísimos pero decisivos momentos de la vida en el que estás ante una encrucijada y tienes que elegir, en mi caso, entre dos actitudes. La pregunta que me hacía a mí misma era “¿cómo vas a afrontar los próximos días?”.

Llegué a casa con la necesidad de buscar objetos que me ayudaran a recordar a mi padre en caso de que lo peor pasara.  ¿Tendría suficientes cosas que me hicieran sentirlo cerca cuando él ya no esté?. El espejo me recordó una gran verdad, yo no estaría donde estoy, ni llegaré a donde tengo que llegar sin el padre que Dios es su soberanía y misericordia me ha dado.  No necesitaba cosas para recordarlo, porque los verdaderos pilares de mi vida son resultado de su insistencia y tenacidad.  Yo estoy muy agradecida a mi padre por su vida y sacrificios, y él lo sabe, pero ¿estará él orgulloso de mí?. La respuesta es sí, a pesar de todo sí. Un pequeño intento de tranquilidad y satisfacción me ayudó a afrontar el fin de semana, pero en los siguientes dos o tres días experimenté el shock e incredulidad que acompaña a estas situaciones. ¿De verdad esto nos está pasando? aunque por otro lado, ¿por qué iba yo a estar excenta?

La oración de Ezequías.  Aún me debatía entre sentirme miserable o procurar una actitud madura.  Buscaba algún precedente histórico/bíblico del que agarrarme.  Curiosamente mi madre y yo pensamos en el mismo personaje: el rey Ezequías.  Un hombre al que Dios le comunica que el final de su vida está cercano, él ora y Dios le concede 15 años más.  Era perfecto, 15 años más.  Mi oración durante esos días fue “yo sé que puedes hacerlo, porque ya lo has hecho antes, hay un precedente de tu gracia y poder, necesitamos un milagro igual”.

Pero ¿qué pasaría si la respuesta fuera negativa?.  Un leproso hace dos mil años tuvo la osadía de pedir un milagro al Hijo de Dios en persona.  Siempre he admirado su temple al suplicar por su vida “Señor, si quieres puedes limpiarme.” (Mt. 8:2) En cinco palabras reconoce a Cristo como Señor y por lo tanto con humildad apela a su amor y poder para concederle salud.  Si quieres. No te lo exijo porque no soy nadie para hacerlo, pero sé que puedes. Si Dios había decidido que mi padre no viviría muchos días más sobre esta tierra, igualmente su nombre sería bendito (Job 1:21). “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo… y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses…” (Dn. 3:17-18).  Siempre he animado a otros a confiar en el Padre Celestial me medio de las tormentas de la vida, ahora tenía que poner en práctica mis propios consejos, lo que resultó ser doloroso pero liberador.

Con una llamada empezó todo y con una llamada terminó. Resultados en mano la médica de mi padre no esperó a que llegara el día de la temida cita y lo llamó para darle las buenas noticias.  No es cáncer. Y así como misteriosamente y en silencio empezó su deterioro el proceso de mejoría ha empezado.  Escribo esto desde su escritorio, mi padre está descansando, pero su escritorio es un testimonio de su vida, libros, bolis, una Bilbia, una foto de su abnegada compañera y medicamentos.   Bendito sea el nombre de Jehová.

Diagnóstico: miedo

Todo lo que está vivo cambia.  Todo lo que está vivo crece.  Todo lo que está vivo se siente en algún momento de su vida amenazado.

En vano e intentado contener a la madre naturaleza en una maceta con kilo y medio de tierra.  Mi buganvilia crece tan rápido que antes del invierno tendré un gran y florido “problema” ¿dónde la pongo para que sobreviva al invierno?. A ella no le preocupa el invierno, porque ese es mi problema. Ella hace lo que su naturaleza le pide hacer, crecer y cada cierto tiempo florecer.  Todo lo que está vivo crece y florece. O no.

Esta semana empecé a trabajar con un alumno nuevo, uno de esos casos que desde el principio sabes que será complicado.  Mi jefa me lo advirtió, me dijo “los que trabajamos como maestros de adultos somos terapeutas, consejeros, psicólogos y mejores amigos” (y si nos da tiempo damos clase).  Después de dos horas intentando hacer las preguntas correctas para mí el diagnóstico era claro: miedo.  Frente a mí tenía a una persona en apariencia normal (si es que la normalidad existe), que me contó como le marcaron los comentarios bastante negativos de dos maestras de inglés y cómo decidió huir del foco del dolor en lugar de enfrentarlo, sin saber que años más tarde su carrera dependería de ello.  Al final va a ser verdad eso de que la vida es como un examen, si no apruebas a la primera, te toca repetir en el examen.   Él se sorprendió de mi habilidad con los idiomas, pero lo que él no sabe es que para llegar donde estoy he metido la pata unas cuantas veces, he invertido años de mi vida, dinero y me he expuesto al ridículo un día sí y otro también.

Se aprende a hablar hablando, se aprende a cocinar cocinando, se aprende a amar amando y se aprende a luchar luchando.  Mi estimado alumno nuevo lleva años aprendiéndose de memoria los mismos libros con el mismo vocabulario.  Yo calculo que lleva unos 15 años usando el mismo material, y no avanza porque comete errores (95% de aciertos y 5% de errores según me dijo).  Y ese 5% lo mantiene atado al mismo nivel.  Quiere aprender a hablar con personas sin tener que hablar con personas, por medio de libros.  Es como querer aumentar la paciencia viendo un tutorial de Youtube!

En mi trabajo lo veo mucho, miedo al fracaso, miedo al qué dirán, miedo a no ser lo suficientemente buenos, miedo a pasar por tontos. ¿Usted a qué le tiene miedo? ¿a la pobreza? ¿a la soledad? ¿a la muerte? ¿a lo ordinario? ¿a lo extraordinario tal vez?.  El temor mengua ante de la grandeza de nuestro Dios.  Si nuestro Dios es diminuto, preparémonos para vivir con miedos gigantescos. Las decisiones tomadas bajo la sombra del miedo, darán como resultado una vida de mediocridad.  El miedo no es fruto del Espíritu, sino de la carne.

Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Ro. 8:37)

Quedarse o salir corriendo, esa es la cuestión

Este mes toca cosechar. Después de dos años invirtiendo en un par de proyectos, toca recoger lo que he (hemos) sembrado. Estoy cansada, no tengo tiempo ni de ir al supermercado, me he quedado sin dinero, y me gustaría que solo para variar, esos detalles de última hora vinieran de uno en uno y no todos al mismo tiempo. Ni siquiera sé si lo que recibiremos se vaya a transformar en beneficio material o será mera decoración en nuestra hoja de vida.  Pero he conocido gente estupenda que ha compartido conmigo tiempo, experiencia y su buen hacer; y algunas recetas exóticas. Hemos podido trabajar juntas, sin sabotearnos, complementándonos como un buen equipo. Hemos trabajado bien, y en armonía porque hacerlo nunca fue una imposición, simplemente queríamos estar allí.

Recuerdo ese primer café donde espontáneamente comenzó esa lluvia de ideas sobre como ayudar a extranjeros recién llegados a Alemania. Queríamos compartir nuestra experiencia y la experiencia de otros que, con mucha voluntad, han recorrido el camino de la integración. Cuando vi que la cosa se estaba poniendo seria tuve ganas de salir corriendo. No era la primera vez que me metía en proyectos que evidentemente me quedaban grandes.  Una vez tome un trabajo como interprete de inglés-español cuando mi inglés era bastante limitado (por decirlo de una forma amable), pero necesitaba desesperadamente el dinero. Recuerdo ese dolor frío en el estómago y el temblor de piernas al pensar que yo no pertenecía a ese lugar, porque no estaba cualificada para la tarea.  Quedarme o salir corriendo, esa ha sido la cuestión.

El himno nacional de Guatemala dice “a vencer o a morir llamarás”. Me he tomado muy enserio lo de vencer o morir.  No quiero que los que me conozcan piensen que los guatemaltecos huimos cuando la cosa se pone cuesta arriba. Como cristiana tampoco puedo salir corriendo. “Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente” (Jo. 1:8) sabiendo que a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos (Ga. 6:9).   Jesús no nos prometió una vida fácil, nos prometió su presencia hasta que lleguemos a la meta.  Así que me quedaré y aguantaré el último tramo, y a su tiempo segaré.  Seguiré aunque la recompensa tarde años en llegar, seguiré sin tomar atajos, seguiré y disfrutaré del viaje.