La tierra que Dios prometió a los hijos de Jacob tenía desiertos, literal. La tierra que fluía leche y miel era buena pero tenía desierto. Es buena Y tiene desierto. La generosidad de Dios no es incompatible con la aridez del terreno.
El desierto, ese lugar donde el silencio es angustioso, el sol absorbe la esperanza y no hay descanso para los pies cansados. Metáfora perfecta de algunas épocas de la vida en las que no pasa nada y pasa de todo. De esas etapas en las que esperas que detrás de la siguiente colina se divise algo de vegetación. ¿Puede un desierto ser una muestra de amor del Padre celestial? O tal vez sea una invitación personal a conocer el lado más indomable del León de Judá.
“Todo lo que Jehová quiere, lo hace,
En los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos.” Salmo 135:6
C. S. Lewis lo sabía bien.
“-Si hubiera alguien que se presente ante Aslan y no le tiemblen las rodillas, o es el más valiente de todos o el más tonto”.
-“Entonces, ¿es seguro?” Preguntó Lucy
-“¿Seguro?” Dijo el señor Castor; “¿no has escuchado lo que la señora Castor acaba de decir? ¿Quién dijo seguro? Por supuesto que no es seguro, pero él es bueno. Él es el rey”. Crónicas de Narnia, el león, la bruja y el armario.
Es bueno e indomable. Es bueno e imprescindible. Es bueno y tiene su propia agenda. Es bueno y poderoso, no sólo para darnos lo que pedimos sino para quitar todo lo que está de más. Es bueno y nos promete el paraíso, es bueno y nos lleva al desierto. Es bueno y nos acepta como somos, es bueno y no nos deja como estamos. Es bueno.
