El unicornio de los millenials.

Crecimos escuchando que somos especiales, que nos merecemos todo, que podemos tenerlo todo, que nunca ha habido una generación con tantas oportunidades como la nuestra, que el futuro era nuestro y que cambiaríamos el mundo.

Pensamos que íbamos a tener el final feliz de las series que veíamos en televisión. Pensamos que un título universitario era garantía de trabajo estable y seguro. Pensamos que lo que les funcionó a nuestros padres nos funcionaría a nosotros también. Metas boomer con recursos millenial. Pero no.

La meritocracia no pudo contra la precariedad laboral. Las crisis de cada país alejaron poco a poco el espejismo de estabilidad y seguridad que creímos ver en nuestros padres. La globalizacion se llevó puestos de trabajo a países donde la mano de obra fuera más barata. Nos dimos cuenta de que somos reemplazables.

Llegaron las redes sociales y compramos el cuento de que es posible tener una vida perfecta y digna de publicar. Otros, quienes quiera que sean, pero no nosotros. Y en ese esfuerzo por mantenernos a flote, nos quemamos. Nos cansamos de perseguir al unicornio. Nos cansamos de demostrar que somos la generación mejor preparada de la historia de nuestros países, pero que igual no llegamos a fin de mes. Y del cansancio a la terapia y de la terapia a la resignación. Hasta que un día un golpe de suerte resucita al unicornio y vuelta a empezar.

https://cadenaser.com/nacional/2022/06/19/el-trabajo-es-como-un-mal-amor-ni-te-dignifica-ni-te-da-la-vida-que-creias-que-ibas-a-tener-retrato-de-los-millennials-quemados-y-atrapados-entre-la-precariedad-y-la-expectativa-cadena-ser/

Un elefante en el pecho

Hace mucho leí lo que para mí es la mejor descripción sobre la depresión: sentir que tienes un elefante sentado en el pecho. La DW en español tiene documental sobre la depresión titulado «Cansancio de vivir». Yo lo veo más bien como una nube, una sola, con diferentes tonos de gris, desde el gris marengo hasta el gris tornado. Esta nube flota sobre la cabeza de su humano, de modo que si este levanta la mirada al cielo ve su nube, y depende del color de su nube así interpreta su entorno. Si la nube está de un gris claro, entonces se puede intuir el sol; si la nube está oscura, tipo «está a punto de caer un señor aguacero en país tropical», solo queda resignarse y no hay sol en el universo que nos convenza de lo contrario. Hay nubes y nubes. Cómo tenía que ser la nube de Verónica Forqué, la actriz española a la que encontraron muerta en su casa, para que decidiera marcharse antes de tiempo. Cómo tenía que ser su nube para que aceptara participar en un reality show sabiendo que no estaba bien. El instinto de conservación normalmente dice «escóndete», no «exponte».

Entre rotos nos detectamos y nos entendemos unos a otros. Dios los crea y el diablo los junta. Pero los odiadores (haters)… ¿de dónde salen? ¿Hundir por el placer de hundir? ¿Qué virtud hay en ello? (efectivamente, un poco de estoicismo) ¿Habrá algún tratamiento para dejar de opinar con tanto ímpetu? (¿Algo de filosofía estoica?) ¿Y para dejar de mirar al mundo a través del color de la nube sobre mi cabeza? ¿Y para las ganas de dejar de luchar?

Mientras tanto… Mientras tanto
Gocemos mientras tanto
Gastemos los pulmones en la ducha
Cantando desafinados (Tommy Torres)

Feliz Navidad, o lo que sea