Te vas a caer

– Estoy preocupada, veo que la gente tiene miedo, Rosa tiene mucho miedo…

– ¿tú crees? ¿Por lo de la pandemia?

– Sí, la gente tiene mucho miedo.

– ¿y qué podemos hacer?

– No lo sé… antes yo vivía con miedo de todo. Es algo que me viene de familia mi papá es así, mi hermana también… «no hagas esto porque te vas a caer» o «no hagas lo otro porque te puede salir mal». Nos enseñan a que las cosas van a salir mal…

Saludar al vecino, acostarse a una hora
Trabajar cada día para vivir en la vida
Y contestar solo aquello y sentir solo esto
Y que Dios nos ampare de malos pensamientos

Cumplir con las tareas, asistir al colegio
¿Que diría la familia si eres un fracasado?
Y ponte siempre zapatos, no hagas ruido en la mesa
Usa medias veladas y corbata en las fiestas

Las mujeres se casan siempre antes de treinta
Si no, vestirán santos y aunque así no lo quieran
Y en la fiesta de quince es mejor no olvidar
Una fina champaña y bailar bien el vals
(Pies descalzos sueños blancos, Shakira)

Hacemos o dejamos de hacer para evitar el castigo, y eso es normal en los niños pequeños, pero si a lo 40 seguimos igual, algo anda mal. Si a los 25 nuestra motivación para hacer o dejar de hacer no va más allá de la recompensa egocéntrica a corto plazo, estamos condenados a la extinción, como los dinosaurios. Si nuestro sistema para tomar decisiones maduras no es más fuerte que el miedo al potencial qué dirán, debemos aprender a convivir con la mediocridad. Si no podemos dar buena explicación de por qué hacemos lo que hacemos sin sonar como adolescente hormonalmente inestable, apaga y vámonos.

Felices los humildes, porque Dios les dará en herencia la tierra. Felices los que tienen limpia conciencia, porque ellos verán a Dios. A corto plazo felicidad, a largo plazo herencia inimaginable. A corto plazo felicidad, a largo plazo ver a Dios.

PD. No tengo nada en contra de saludar al vecino o acostarse a una hora… pero no lo hago por necesidad, sino porque sé que llevarnos bien es bueno para ambos, o que dormir suficiente es bueno para mí y para los que me rodean. Lo de bailar el vals, eso sigo sin verlo claro. De momento no.

Confiamos, por eso existimos.

Salir de vacaciones implica muchas decisiones, algunas de ellas vitales, como ¿a quién le pido que cuide mis plantas? Las personas normales le piden favor a sus vecinos. Ser un buen vecino es una obligación implícita en la sociedad alemana. No se puede ser buena persona sin ser buen vecino. Hay que confiar en esa persona con la que interaccionas 1 minuto y en ese minuto debes decidir si le vas a dar las llaves de tu casa por dos semanas. Confiamos en marcas, en medios de comunicación, instituciones, etc que comparten los mismos valores que nosotros. Y luego están los vecinos, en los que confiamos porque sí.

Algunos entienden la confianza como algo absoluto e indivisible. Como un gran queso que se regala completo o no se da. Alguien merece todo ese queso o no lo merece.

Personalmente no me siento cómoda hablando en términos absolutos de asuntos humanos. Sabiendo que nadie (individual o colectivamente) es absolutamente bueno o malo, nadie tiene TODOS los datos necesarios para emitir juicios 100% objetivos, prefiero hablar de confianza selectiva o por departamentos. En realidad confiamos parcialmente en las personas, por ejemplo. Acudimos a unos o a otros dependiendo de la situación. Los niños acuden a mamá buscando consuelo pero cuando necesitan dinero buscan a papá. Al amigo tecnológico no le pedimos consejo sobre recetas fáciles (por lo menos yo no conozco nadie que se maneje con relativa soltura en ambos campos). Si quiero hablar de historia no acudo a la misma persona que sabe cuáles son los restantes de moda. Quiero decir que acudimos a unos o a otros según lo que necesitamos, confiando en su criterio y saber hacer.

La confianza se gana, dicen algunos. Yo creo que la confianza viene del conocimiento que tenemos de la otra persona. Es complicado confiar en alguien a quien no conocemos, aunque no es inusual ver a alguien y dejar que nuestro cerebro se ponga creativo y cree una identidad falsa alrededor de un perfecto desconocido. No confiamos en la persona real, sino en el producto de nuestra imaginación. Drama, drama.

La confianza, como todo lo que está vivo, crece, germina, o se rompe y muere. Y como con los autos que cada cierto tiempo deben pasar una revisión técnica, la confianza debería tener algún tipo de revisión, y la razón es muy simple, todos estamos en constante cambio. Estamos nuestras ideas no son inmutables, evolucionan según estamos expuestos a nuevas ideas, nuestras habilidades cambian, se ven afectadas por el paso del tiempo. Nuestra confianza en seres volubles, esclavos del tiempo, no debería ser absoluta.

«Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos» Hebreos 13:8

Gracias Ortega y Gasset

A los 16 o 17 años, en clase de filosofía, en un lugar de mi Andalucía de cuyo nombre no quiero acordarme, escuché la frase: «yo soy yo y mis circunstancias». Menuda epifanía. Lo decía todo sin decir nada. Usé esa frase para evitar dar explicaciones de cosas que ni yo misma entendía y en las que era doloroso hurgar: el sentido de mi existencia. A estas alturas del partido no me da miedo admitir que he tenido unas cuantas crisis existenciales, y aunque lo de mis circunstancias era cierto en cierto sentido, había un par de cosas que quedaban en el aire. Me hubiera gustado que mis circunstancias fueran monoculturales, monolingües, predecibles, nacer, crecer, reproducirse y morir. Claro. Sin dobles interpretaciones. Era mejor que ir dando tumbos de un lado al otro, sin encajar en ninguna parte. Muy intensa y rígida para ser guatemalteca, muy guatemalteca para ser hondureña, muy oscura para ser española y muy flexible para ser alemana. Muy académica para una conversación sencilla, muy sencilla para un académico, muy artística para trabajar en una oficina, muy poco imaginativa y temerosa para ser artista… Mis circunstancias…

Esta mañana visitando a una amiga, de esas amigas que tengo cuyo pasado es perfecto para olvidar, pero cuyo futuro está por escribirse, me escuché a mí misma diciendo no podemos controlar el pasado, pero sí nuestras reacciones. Decidí que quería que mi amiga conociera la universidad donde trabajo (y de paso entregaba calificaciones). Quería que ella viera que el mundo es más que esos antros de mala muerte que ella conoce. Todo le pareció bonito. Por primera vez en su vida quiso trabajar en una universidad, limpiando, pero en una universidad. De regreso a la estación de tren dije cosas como que no podemos elegir la familia que tenemos, pero sí podemos elegir ni hacer lo que vemos en casa. Nadie elige un padre maltratador, pero se puede elegir una pareja respetuosa. Ortega y Gasset tenía las horas contadas en el salón de la fama de mi corazón.

Preparando la clase de mañana mientras veo un partido de fútbol poco interesante, escuché una entrevista que en principio tenía que ser interesante para mis alumnos, no para mí. La entrevistada dijo «no somos nuestras circunstancias, somos lo que decidimos hacer con ellas». ¡pum! Era momento de tomar de mi propia medicina. Soy lo que decido. Y decido estar en paz. En paz con mis luces y mis sombras, con mi realidad y mi fantasía, con mi debilidad, en paz porque Cristo es mi paz.