Cabilaciones en el autobús. El dilema de la auto percepción y la realidad

Según yo, soy una persona amable, responsable, tranquila, etc, etc, etc. Es lo que percibo de mí misma alimentado en parte por la interacción con los demás. Esa autoconciencia es uno de los distintivos principales del ser humano. Pero ¿qué pasa cuando mi auto percepción no coincide y choca con la realidad? Los seres humanos somos la única especie en el reino animal que disociamos la idea que tenemos de nosotros mismos de la realidad. Construimos nuestra identidad en base a lo que percibimos de nosotros mismos, influenciados, en mayor o menor medida, por la realidad que nos rodea. La baja autoestima o la megalomanía no se basan en datos puramente objetivos, sino en como nos percibimos a nosotros mismos.
De vez en cuando nuestra auto percepción choca con la realidad.  Resulta que no somos lo que pensábamos que somos. Con un poco de suerte somos mejores de lo que pensábamos, aunque normalmente nos damos cuenta de que no somos tan buenos como pensábamos o como solíamos serlo. Entonces entramos en crisis.No voy a decir que la crisis es una oportunidad de auto reinventarnos. Internet está lleno de ese tipo de mensajes. Las crisis son la oportunidad ideal de darnos cuenta de que, efectivamente, no estamos donde pensábamos. Las grietas de nuestro carácter se exponen al público y no sabemos qué hacer. Esconder esas grietas es la opción más popular. Pero ¿y si esas grietas fueran un recordatorio divino de una realidad humana inevitable?
Somos seres finitos, limitados en el tiempo y el espacio, con capacidades en decadencia; amados por un Dios ilimitado, cuyo amor perfecto le impulsa a amar nuestra imperfección y precariedad. Un Dios que no se sorprende ante nuestros continuos y variados fracasos. Un Dios que ha prometido acompañarnos en nuestras crisis. Después de todo es lo que nuestros amigos de carne y hueso hacen por nosotros, acompañarnos.Pero también es un Dios que honra nuestras crisis, las toma y suple su necesidad. No elimina las consecuencias de nuestros actos. Pero si se le permite, usa esas consecuencias para su gloria.  La suya, no la nuestra. 

Mi Dios pues suplirá conforme a sus riquezas en gloria.

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Aprende otro idioma decían, será divertido, decían…

Título original: Los que nunca aprenderán otro idoma (parte 2)

Nadie nace sabiendo, dice mi madre. Los niños pequeños lo saben, y por eso tienen esa curiosidad tan grande por descubrir el mundo, pero a medida que aprendemos cuatro cosas, creemos que lo sabemos todo y nuestras flexibles y absorbentes mentes infantiles se endurecen como piedra.

Otro factor que causa frustración, especialmente entre aquellos que estudian en grupo, es ver que el que se sienta al lado tuyo no sólo entiende más rápido sino que pronuncia mejor que tú. Esto es especialmente duro para las personas perfeccionistas y competitivas.  Así que tienes dos opciones:  1. hacerte su amigo para que te traduzca lo que el maestro dice o 2. dejar que la envidia te corroa secretamente y compararte con él o con ella por el resto del curso. La opción número uno es la mejor para todos.  Para los maestros porque evita el mal ambiente en la clase, para el resto de la clase porque se asegura una doble explicación de lo que pasa en el aula, pero sobre todo para el alumno aventajado, porque al explicar o traducir a sus compañeros ejercita y pone a prueba sus conocimientos.

La envidia nace de la comparación maliciosa, de ese deseo de ser como el compañero, deseo que tener las habilidades del otro.  Y aunque sabemos que compararnos con los demás sólo nos causará dolor (y no agilizará para nada el proceso de aprendizaje), lo hacemos sin darnos cuenta.  Los que se sobreponen a la frustración de encontrar a alguien que hable mejor, con mejor acento y menos errores, tiene más posibilidades de hablar idiomas. Los que se sobreponen a la frustración de ser corregidos constantemente y no se rinden son los que no sólo podrán comunicarse con más eficiencia y libertad.

Recuerdo una niña en una de mis clases de inglés.  La esencia de la envidia personificada.  No soportaba que ningún otro fuera mejor que ella, y si alguien osaba a serlo, el berrinche estaba garantizado. Quizás esta pequeña sólo sea el reflejo del mundo que la rodea. Un mundo en el que cada día tenemos menos tolerancia a la frustración.

Mi trabajo como maestra es proporcionar seguridad a aquellos que aprenden más lento, porque sé por experiencia propia, que ser lento no es sinónimo de ser tonto, sólo necesitamos un poco más de tiempo y empatía. Quizás mis alumnos necesiten recordar que cada uno tiene su tiempo y su modo de aprender y que cada uno es maravillosamente diferente. Algunos aprenden maravillosamente rápido, y otros maravillosamente despacio.