Querido, amar no es sinónimo de necesitar.

Querido, Sabes que te aprecio, casi como a mi propio hermano, y por eso me duele ver cómo buscas el amor por atajos escabrosos, de los que nunca has salido bien parado.  Sabes que te harán daño, sabes que se aprovecharán de tu espíritu inocente, pero repites tu historia quizás por miedo a probar algo diferente.  Te dejas embaucar por gente que sólo busca tu ayuda, no tu amistad o una relación seria y estable.  Eres el amigo bombero que al final siempre termina solo.  Das lo mejor de ti, quizás esperando que así la gente quiera quedarse en tu vida, y aún así se van.

Querido, sabes que no soy una experta en temas del corazón.  Pero sé que quien te quiere, se queda contigo así solo tengas deudas.  Quien te respeta, lo hace aún sin de conocer tus hazañas, seas jefe o subordinado.  En la verdadera amistad no hay lugar para la extorsión, porque la amistad no se puede comprar.  Se da o no se da, pero no puedes ni debes forzarla ofreciendo favores.  El amor se queda contigo porque quiere quedarse, no porque necesita de ti.  No digo que nunca debes ayudar a nadie, ayuda siempre que puedas, pero sin esperar nada a cambio.  Pero quédate con quien te busque a pesar de no haber recibido nunca tu ayuda.  Responsabilízate de tus propios errores, y no de los errores ajenos, porque hechor y consentidor pecan por igual.  Nadie tiene derecho a doblegarte ante deudas que no son tuyas, y a quien utiliza los lazos familiares para hacerlo, no lo llames “familia” porque es un chantajista. Haz el bien, pero también aprende a decir “no” sin sentirte culpable. Aprende a cuidar de ti mismo primero para poder cuidar de los demás.

Sal de ese círculo vicioso que te corta las alas.  Sueña a lo grande, abraza tu futuro y en el camino encontrarás gente maravillosa que harán que te preguntes “¿por qué no hice esto antes?”.  No temas a lo desconocido, no temas a los desconocidos.  Y no creas que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer, porque no es cierto. Cambia de círculo, cambia de “amigos”, muévete, evoluciona, porque a donde quiera que vayas tu Dios estará contigo.  No dejes que la culpa dicte tu destino. Crece y sé libre.

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Aprende otro idioma decían, será divertido, decían…

Título original: Los que nunca aprenderán otro idoma (parte 2)

Nadie nace sabiendo, dice mi madre. Los niños pequeños lo saben, y por eso tienen esa curiosidad tan grande por descubrir el mundo, pero a medida que aprendemos cuatro cosas, creemos que lo sabemos todo y nuestras flexibles y absorbentes mentes infantiles se endurecen como piedra.

Otro factor que causa frustración, especialmente entre aquellos que estudian en grupo, es ver que el que se sienta al lado tuyo no sólo entiende más rápido sino que pronuncia mejor que tú. Esto es especialmente duro para las personas perfeccionistas y competitivas.  Así que tienes dos opciones:  1. hacerte su amigo para que te traduzca lo que el maestro dice o 2. dejar que la envidia te corroa secretamente y compararte con él o con ella por el resto del curso. La opción número uno es la mejor para todos.  Para los maestros porque evita el mal ambiente en la clase, para el resto de la clase porque se asegura una doble explicación de lo que pasa en el aula, pero sobre todo para el alumno aventajado, porque al explicar o traducir a sus compañeros ejercita y pone a prueba sus conocimientos.

La envidia nace de la comparación maliciosa, de ese deseo de ser como el compañero, deseo que tener las habilidades del otro.  Y aunque sabemos que compararnos con los demás sólo nos causará dolor (y no agilizará para nada el proceso de aprendizaje), lo hacemos sin darnos cuenta.  Los que se sobreponen a la frustración de encontrar a alguien que hable mejor, con mejor acento y menos errores, tiene más posibilidades de hablar idiomas. Los que se sobreponen a la frustración de ser corregidos constantemente y no se rinden son los que no sólo podrán comunicarse con más eficiencia y libertad.

Recuerdo una niña en una de mis clases de inglés.  La esencia de la envidia personificada.  No soportaba que ningún otro fuera mejor que ella, y si alguien osaba a serlo, el berrinche estaba garantizado. Quizás esta pequeña sólo sea el reflejo del mundo que la rodea. Un mundo en el que cada día tenemos menos tolerancia a la frustración.

Mi trabajo como maestra es proporcionar seguridad a aquellos que aprenden más lento, porque sé por experiencia propia, que ser lento no es sinónimo de ser tonto, sólo necesitamos un poco más de tiempo y empatía. Quizás mis alumnos necesiten recordar que cada uno tiene su tiempo y su modo de aprender y que cada uno es maravillosamente diferente. Algunos aprenden maravillosamente rápido, y otros maravillosamente despacio.