Libertad, ¿a qué precio?

Creados para ser libres, en libertad pudimos haber elegido al creador, y elegimos no hacerlo. Desde entonces, a lo largo de la historia de la humanidad, vamos imponiendo libertad, la nuestra o la de los demás, a codazos. Vendemos libertad a cambio de favores y lo llamamos hermandad. Aseguramos libertad a cambio de dinero, negocio le dicen.

Y es que, aparentemente, la complicación radica en que cuando nuestra libertad amenaza las fronteras de la libertad de los demás, entonces atacamos. Demasiadas personas libres, de diverso calibre moral y con ideales de bienestar y libertad muy diversos, es un caos… Qué libertades respetar y cuáles es legítimo traspasar es la cuestión. (Y quién decide que libertades merecen ser encarceladas es la otra gran cuestión)

No me fio de la generosidad ruidosa, porque generalmente quiere algo a cambio. No me fio de la generosidad mediática, porque ama más su imagen que mi bienestar. No me fio del alma altruista que pretende regresarme mi dignidad a cambio de algo aparentementepequeño; mi dignidad, nunca la he perdido. Nunca la he regalado, nunca la he perdido. Mi valor, mi dignidad y mi libertad están aseguradas donde ni la polilla ni el hollín corrompen.

El creador nunca ha traspasado nuestra libertad de elegir. Él creador me ha visto decidir desde mis carencias y no intervino, y se quedó conmigo para caminar a través del campo minado de mis consecuencias. Es el Salvador del mundo y el caballero más respetuoso. Ningún otro puede llenarse la boca con palabras de libertad y restauración. Los que hablan de libertad usando caretas de generosidad en realidad esconden miedo a no tener el control y avaricia. Y del miedo y la avaricia está repleta la historia.

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