Cuando me dijeron que la resononacia magnética duraba unos 20 minutos, que no debía moverme e intentar no tragar saliva, pensé que no lo iba a conseguir. Como la mayoría de ustedes, vivo híper estimulada. Redes sociales, mensajería intantánea, música ilimitada, y me piden que me quede quieta 20 minutos. Empecé pensando en música, ¿sería posible ponerle letra a ese tac tac tan molesto? Algo así como “Regueaton magnético”, una canción que hable de estar en un túnel sin moverse. La insipiración me duró poco y decidí recitar todos los versículos de la Biblia que me sé. Salmo 1, salmo 23, versículos sueltos del 32, Salmo 91, 100, 103, 117 y deja de contar. Me pasé a Filipenses 4, y me di cuenta de lo flaca que es mi memoria para las cosas importantes. Si me volvían a hacer una resonancia debía estar mejor preparada.
Cuando estaba en la sala de espera, intentando no pensar en lo que ya sospechaba desde principios de esa semana, me puse a comparar precios de resonancias en distintos países. En Guatemala es más de un salario mínimo, en Estados Unidos puede costar hasta 6000$. Yo estaba allí, con la tranquilidad que da saber que no tienes que pagar, ni por la analítica del día anterior ni por lo que intuía que está por venir. Es en estos momentos donde no me da pesar ese 42% que me quitan todos los meses, para situaciones como esta. Ya que me había quedado sin versículos que recitar, era el momento para interceder por todos los que necesitan una resonancia mágnetica y no se lo pueden permitir. Misericordioso Señor, que sus familias encuentren la forma de generar esos ingresos, que los médicos encuentren otra forma de diagnóstico de precio más accesible, que los políticos no se roben la salud de mi gente. No dejes esos actos de corrupción sin castigo. No dejes que disfruten su rapiña.
Hubiera yo desmayado, si no creyese que he de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes. Salmo 27:13.
No me atreví a abrir el sobre hasta que estuve sentada en una cafetería, haciendo tiempo antes de ir a mi clase de los viernes. Lo que entendí de inmediato, sin necesidad de traductor fue la palabra tumor. ¿Qué se supone que debes hacer cuando lees esto? ¿Llorar? Por pura estética decidí no llorar, para que no vieran con los ojos hinchados y entonces las preguntas indiscretas se robaran la poca confianza que me quedaba. Llegué a mi clase, los 60 minutos más terepéuticos que Dios me regaló. Durante 60 minutos mis necesidades se ponen en pausa para centrarme en los que me regalan su tiempo. 60 minutos de distracción y ¡me pagan por ello! El timing de todo esto es impecable.
Acción del resto del día: sentirme orgullosa por no colapsar.