Anestesia para el alma

Hace unos días en una galaxia lejana las familias se reunieron para agradecer por lo que ya tenían, pero en cuestión de horas la gratitud se tornó en afán desmedido por adquirir cosas nuevas (5 mil millones de dólares sólo en compras en linea en 24 horas). Me pregunto, si fuera posible comprar remiendos para el alma ¿los compraríamos con tanta avidez? o ¿es sólo lo que se ve lo que provoca tanta euforia?

Llamaremos voces a todo aquello o aquellos que no dudan en dar su opinión sobre… nuestra vida.  Hay mucho tipos de voces, las hay que sutilmente prometen felicidad y autoestima a un precio asequible.  Las hay que te dicen lo que ellos creen que tú quieres oír, suenan algo así: “vas a conseguir lo que tú quieras”, o “te vas a casar con un hombre rico, guapo y que esté loquito por ti”. Las hay que prometen un subidón de adrenalina, otras en cambio ofrecen seguridad y protección.  Otras ofrecen distinción, otras validación, y así una larga lista de promesas.  Pero en definitiva todas vienen a decir lo mismo: “te falta algo, pero tranquilo, esto se arregla con una pequeña aportación de tu parte y listo, estarás completo”.  El caso es que llevamos comprando en estas rebajas espirituales desde hace siglos, y nos siguen engañando.

Llevamos repitiendo la misma historia desde Génesis 3, cuando Eva, la madre de todos los vivientes prefirió creer que el Creador le estaba privando de algo, y ella quiso conseguirlo costara lo que costó.  Desde ese entonces compramos anestesia en pequeñas dosis, que nos ayudan a olvidar que estamos incompletos. Desde ese entonces escuchamos y damos crédito a todas esas voces que nos dicen que podemos arreglar ese vacío sin necesidad de acudir al que nos diseñó.  ¿Y qué compramos? maquillaje para el alma.  Maquillaje que nos ayuda a aparentar que todo está bien, que hemos encontrado la fuente de la realización plena, y todo esto porque no estamos dispuestos a pasar por el doloroso pero necesario proceso de transformación que nos puede devolver eso que carecemos.  Vivimos postergando esa cirugía mayor a base de ibuprofeno.

Vestíos con la verdad, porque sólo la verdad os hará libres.

 

No soy lo que parezco y otros crímenes medioambientales

El cambio de temporada, invierno primavera, es la oportunidad perfecta para darse cuenta de la cantidad de prendas que han vivido estos últimos cuatro meses sin que yo las echara de menos.  Es como una relación disfuncional, yo no las necesito, ellas no me buscan pero no ponemos fin a nuestra “no” relación.

Las preguntas son las misma todos los años: ¿en qué estaba pensando cuando acepté o compré toda esta ropa? Y ¿a dónde va a parar toda esta ropa que está en buen estado? Sería una pena que termine pudriéndose en algún vertedero, pero seguramente es lo que sucederá.

El verdadero problema.

Para producir un kilo de pantalones jeans se necesitan cientos de litros de agua.  Para crear el efecto envejecido en unos pantalones jeans se necesita arena de silicio, que resulta ser tóxica para los trabajadores (por no decir que para los consumidores también). Las fibras sintéticas que se mezclan con las naturales provienen del petróleo.  Se utilizan cada vez más terrenos fértiles para cultivar algodón en lugar de dedicarlo al cultivo de alimentos.  Los tintes con los que se da color a la ropa son tóxicos, y terminan contaminando ríos en países con una legislación laxa sobre el tema. La lista de “pecados” es extensa, pero creo que ya nos hacemos una idea sobre la gravedad del tema.

La verdadera pregunta.

Dado que los armarios son el hábitat perfecto para esos seres que prometen el cielo y la tierra cuando están exhibiéndose en una tienda, pero ahora parecen hacerse los desentendidos, mi pregunta es ¿cuál fue la verdadera motivación detrás de esa compra?

¿realmente lo necesitaba o fue un intento por mejorar un mal día? Tal vez pensé que esa prenda me ayudaría a impresionar a alguien, me haría parecer sofisticada e interesante…

Esa es la clave, parecer en lugar de ser.  Es más fácil parecer algo en lugar de serlo realmente. ¿Por qué necesitaba parecer? ¿acaso a mis allegados les molesta mis pantalones de segunda mano? Hasta ahora nunca se han quejado. Y si mis seres queridos no les importa mi ropa de segunda mano, ¿por qué me molesto en intentar impresionar a personas que ni me conocen ni les importo? Y en mi intento por mantener cierta apariencia, alimento la bien nutrida maquinaria de producción y consumo desmedidos. Esa que nos pasa y nos seguirá pasando facturas en forma de anomalías medioambientales, esclavitud disfrazada de precariedad laboral y compradores compulsivos cada vez más vacíos y pobres.

Continuará.