No hay nada nuevo bajo el sol. Cada nueva generación piensa que son más avanzados e innovadores que todas las generaciones que les precedieron. Nuestra generación sí sabe, sí entiende, sí conoce el camino a la buena vida y la felicidad. Y aquí estamos, más vacíos, estresados y pobres que nunca. Pisoteando a base de clicks a los que allende los mares fabrican nuestras ilusiones, ilusión que mañana terminará en un vertedero. Cerramos los ojos ofreciendo nuestro poco dinero a los que no lo necesitan; la creatividad de nuestro vecino artesano pisoteamos, la dignidad del productor local ignoramos y su tiempo menospreciamos con total normalidad. Amamos cuando la dopamina se derrama en nuestros cerebros produciendo un dulce placer en forma de paquete mal oliente. Paquete que valida nuestra posición en la sociedad, aunque sea por unos días, aunque para ello tengamos que sentenciar a familias enteras y mutilar el futuro de millones. La premisa es “siempre y cuando esas familias se queden en su lado del planeta está bien.” Ojos que no ven, consciencia que no siente. Pero Tú eres el Dios que ve.
“Vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos. Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos…”
“Esos empresarios sin alma tienen la culpa, ellos, ¡sí! Es su culpa.” Culpabilidad financiada fielmente por todos nosotros. “¿Qué puedo hacer yo? Mis hábitos de consumo no van a salvar el planeta” Lo mismo dijo la gota de agua que rebalsó el vaso. Un producto a la vez, una compra consciente al mes, un click menos aquí y otro allá, hasta que la justicia fluya como río y la forma en la que gastamos diga de nosotros que somos hijos de nuestro Padre que está en los cielos.
¿Paz? De momento no hay paz.