10. Después de la tormenta quedan las cicatrices.

Las imágenes de esa habitación en la unidad de cuidado intermedio son solo un recuerdo, aunque a veces tengo la sensación de que todo esto ha sido un sueño muy bizarro. Electrodos por todas partes, agujas clavadas por todas partes, médicos que insisten en hablarte cuando tú solo quieres dormir, vayvén de enfermeras, traslado a planta… 3 semanas después, esa cicatriz que empieza arribita de la clavícula y termina debajo de la oreja empieza a difuminarse, pero es lo suficientemente visible como para recordarme la fragilidad de mi existencia. Memento mori. Soy una persona independiente por naturaleza, soy hermana mayor e hija de pastores, no voy por la vida pidiendo ayuda ni causando problemas, los soluciono. Depender de un equipo de profesionales y sus aprendices para seguir viva me acomodó la perspectiva.  Tenía tiempo para pensar, tiempo y dedos inflamados incapaces tomar un móvil y distraerme en el ciberespacio  o rascarme la cabeza. Solo silencio.  Nada de música, ni vídeos de ningún tipo, ni audios de WhatsApp, solo mi vecina de habitación, a la que no podría ver por mis vendajes, balbuceando “ya no, ya no” cada vez que se acercaba una enfermera. Rozando los 90 años, cansada, sola, con ganas de no estar conectada a una máquina. Ya no, ya no.  

Somos frágiles criaturas en tu mundo sin igual ¿a dónde vamos si tu mano no detiene el temporal? Y aún así somos capaces de olvidarnos de tu amor, levantarnos con orgullo y sin razón… Somos tan inteligentes en nuestra propia opinión, sin embargo, tan pequeños ante ti oh, Señor. Ves nuestras limitaciones que nos hacen fracasar y lentamente nos restauras y haces que el sol vuelva a brillar. Y aún a veces pretendemos en nuestra imaginación ser el gran protagonista de la acción, ignorando tu presencia, tu cuidado y tu amor. A ti la gloria, solo a ti el honor.  (Marcos Vidal, A ti la gloria. Álbum Buscadme y viviréis. 1990)

Cuando mis manos tenían algo más de movilidad, y en un intento de tranquilizar a mi vecina, puse música de piano en mi teléfono. Ella reaccionó. No sé si para reclamarme o para agradecerme, solo un gruñido y el intento de levantar la cabeza para verme. Yo esperaba que me trasladaran a otra habitación, a ella le habían dicho que ese día recibiría una visita. No sé si llegó o se quedó esperando. No es lo mismo esperar sabiendo que hay vida por delante, a esperar para que la luz se apague definitivamente. Memento mori. Mientras haya vida hay salvación y vida plena. Mientras haya vida hay luz y esperanza. Cuando lo físico deje de importar solo quedará el espíritu. Sin escapatoria, como en una cama de hospital, sin opción de huir, esconderse o evadir la nueva realidad detrás de una pantalla. Sin distracciones ni posibilidad de culpar a alguien más. Solos ante el juez diciendo “Apartaos de mí, nunca os conocí” Solos ante el Rey, intentando explicar que el talento que nos dio lo escondimos por miedo a su reacción o lo invertimos y aumentamos su patrimonio. Solos ante el Buen Pastor escuchando su voz que suena tan familiar o extraña. Solos ante el Cordero inmolado por la humanidad. Solos ante el Padre diciendo “Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta…” (Lucas 15:21-23). Fiesta o no fiesta, esa es la cuestión.

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